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El juguete que rompió el tabú y la fragilidad masculina mexicana

Por Mónica Solis

Si te sientas un sábado por la tarde en cualquier café de la Roma o la Condesa a escuchar las pláticas de las mesas contiguas, notarás que el volumen ha subido en un tema que antes era un susurro culpable. Las mujeres de la Ciudad de México están hablando de placer, y lo están haciendo sin pedirle permiso a nadie.

Durante décadas, el orgasmo femenino fue el gran fantasma de la alcoba mexicana. Un mito urbano, una medalla que dependía enteramente del ego de la pareja, o peor aún, un trámite silencioso en la oscuridad. Nos educaron para creer que el deseo era un territorio exclusivamente masculino, mientras que a ellas les tocaba el rol de musas pasivas y complacientes.

Pero algo se rompió en los últimos años, y curiosamente, la revolución no llegó en forma de manifiesto político impreso, sino envuelta en silicón de grado médico. Los juguetes de succión de aire pasaron de ser un secreto de cajón a un fenómeno pop que desató una ola de liberación sin precedentes en la ciudad.

No es una exageración decir que este pequeño aparato cambió la coreografía íntima de la capital. De pronto, en las oficinas, en los chats de WhatsApp y en las pedas banquetas, las chilangas empezaron a intercambiar reseñas, marcas y tips con la misma naturalidad con la que se recomienda una buena serie de streaming o un local de tacos de pastor.

Lo que realmente está de fondo en todo este fenómeno es la llamada «brecha del orgasmo», un concepto que los sociólogos llevan años estudiando pero que apenas tocó nuestra cultura mainstream. Las estadísticas siempre han sido brutales: en las relaciones heterosexuales, ellos llegan a la cima casi por inercia, mientras que la actuación digna de un Oscar ha sido la herramienta de supervivencia de muchas.

Y aquí es donde entra la polémica que ha encendido las redes y las discusiones de bar. La popularización y normalización del autoerotismo femenino tocó una fibra hipersensible en la masculinidad tradicional. De repente, vimos una cascada de tuits, memes y comentarios de hombres sintiéndose amenazados, ofendidos o directamente reemplazados por un motor recargable con entrada USB.

Este pánico moral es fascinante porque desnuda una fragilidad tremenda. La idea de que el clímax de una mujer no orbite exclusivamente alrededor de la anatomía o el desempeño masculino sigue siendo una pastilla difícil de tragar para muchos. El verdadero «chisme» cultural aquí es que el juguete no desplazó al hombre, sino a la pereza y la mediocridad en la cama.

Al final del día, esta tendencia es un profundo acto de soberanía corporal. Descubrir los propios botones, entender los ritmos del cuerpo y exigir satisfacción ya no es un acto de rebeldía clandestina, sino una postura de salud mental y empoderamiento. Es la reapropiación de un goce que históricamente les fue confiscado bajo capas y capas de culpa religiosa y social.

Así que la próxima vez que veas una cajita de diseño minimalista asomarse en la bolsa de una amiga, no te ruborices ni desvíes la mirada. Estás presenciando una pequeña gran victoria histórica en tiempo real. El orgasmo femenino salió del clóset del tabú en México, y te firmo aquí mismo que ya no hay fuerza humana que lo vuelva a encerrar.

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