Por Gael Villoro
Olvida por un momento el puritanismo con el que nos enseñaron la historia en la primaria. Si rascas un poco bajo el pavimento de esta ciudad, te vas a encontrar con un México prehispánico que entendía la sexualidad de una forma que hoy escandalizaría a las buenas consciencias. Y la reina absoluta de ese terreno místico tenía nombre y apellido.
Te invito a hacer un recorrido distinto por el Museo Nacional de Antropología. Sáltate la foto obligada frente a la Piedra del Sol y camina hacia la sala Mexica buscando las vitrinas menos iluminadas. Ahí, lejos de los reflectores de los violentos dioses de la guerra, habita Tlazoltéotl, una deidad a la que la historia oficial le ha hecho la peor campaña de relaciones públicas.
Los cronistas españoles, sudando frío, escandalizados y con el rosario apretado en la mano, la tradujeron torpemente como la «Diosa de la inmundicia» o del pecado. Pero esa es una lectura chata, colonial y medieval. En la cosmovisión original, Tlazoltéotl era la gran patrona de la energía carnal, la tejedora de los destinos amorosos y la guardiana del placer femenino supremo.
Su figura, tallada en piedra, es un golpe directo a los sentidos. A menudo representada con la boca manchada de negro (símbolo del hule y la fertilidad) y en posturas de parto o de profundo éxtasis, esta diosa nos cuenta un secreto a voces: para las mujeres mesoamericanas, el goce del cuerpo no era una falta a la moral, era el puente más directo para conectar con lo divino.
El verdadero hallazgo está en entender cómo funcionaba su culto. No eran rituales de culpa silenciosa, eran ceremonias de purificación donde la energía sexual se celebraba como la fuerza vital que mueve las corrientes del universo. El orgasmo, bajo el manto de Tlazoltéotl, era visto como un momento de transmutación alquímica, un instante donde lo terrenal tocaba a los astros.
Cuando llegaron los conquistadores, este nivel de libertad y soberanía corporal femenina les voló los cables. La maquinaria de la Inquisición se encargó de enterrar estos conceptos, asociando el placer de la mujer nativa con la brujería, la perdición y la vergüenza eterna. Tlazoltéotl pasó forzosamente a la clandestinidad, escondida en remedios de hierbas y susurros de curanderas.
Pero la mística vibrante de esta diosa nunca abandonó la ciudad. Si te das una vuelta hoy por el Mercado de Sonora, entre pasillos de copal, lociones de feromonas y veladoras rojas, aún puedes encontrar ecos clarísimos de esa herencia. Es la resistencia cultural de un conocimiento erótico indígena que se negó en rotundo a morir en la hoguera.
Hoy, redescubrir a Tlazoltéotl es un acto de pura justicia poética. Significa limpiar la densa capa de ceniza católica que le echaron encima durante siglos y verla por lo que realmente es y siempre fue: un recordatorio de que en esta tierra, el éxtasis de las mujeres siempre tuvo raíces sagradas, mágicas y profundamente poderosas.
La próxima vez que vayas a Chapultepec, tómate cinco minutos para pararte frente a su figura de piedra. Mírala a los ojos sin los prejuicios de Occidente. Es una conexión directa con un linaje de mujeres que entendían, mucho antes que cualquier juguete moderno, que el cuerpo es el primer territorio que se debe explorar y disfrutar plenamente.







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