El uso excesivo de pantallas en la infancia se ha convertido en una preocupación creciente para especialistas en salud mental. La psicóloga infantil Paloma Méndez, del Olympia Centro Médico Pozuelo y del Hospital Universitario Quirónsalud Madrid, alertó que limitar el tiempo frente a dispositivos no debe hacerse de forma abrupta, sino progresiva, para evitar que los niños desarrollen ansiedad o resistencia.
De acuerdo con la experta, las pantallas generan una estimulación intensa a nivel visual y auditivo, lo que modifica la manera en que los menores perciben su entorno. Esta sobreestimulación provoca que actividades cotidianas como leer, escuchar en clase o jugar con otros niños resulten menos atractivas, afectando su motivación y su capacidad de concentración.
Este fenómeno no solo impacta en el aprendizaje, sino también en la socialización. Méndez explicó que el exceso de dispositivos puede hacer que las interacciones con otros niños se perciban como menos interesantes, lo que favorece el aislamiento social. Además, diversas investigaciones han encontrado vínculos entre la exposición temprana a la tecnología y problemas como déficit de atención y alteraciones en las funciones ejecutivas.
Entre las señales de alerta que pueden indicar un uso problemático destacan la irritabilidad —especialmente cuando se limita el acceso a dispositivos—, la pérdida de interés en actividades fuera del entorno digital, la baja tolerancia a la frustración, dificultades en la gestión emocional y una tendencia al aislamiento.
Un elemento clave en este problema es el llamado “scroll” infinito presente en muchas plataformas digitales. Este mecanismo, diseñado para mantener la atención del usuario, impacta directamente en el sistema de recompensa del cerebro mediante la liberación constante de estímulos asociados al placer, un proceso relacionado con la dopamina. Esta dinámica favorece una hiperestimulación en periodos cortos, lo que puede traducirse en menor capacidad de concentración en contextos menos dinámicos.
Ante este panorama, la especialista subraya que el cambio debe comenzar en el entorno familiar. La “autoobservación del adulto” es fundamental, ya que los hábitos digitales de los padres influyen directamente en los de los hijos. Por ello, recomienda establecer horarios definidos en los que toda la familia deje de usar dispositivos electrónicos, lo que contribuye a mejorar la atención y reducir el estrés.
También aconseja medidas concretas como silenciar los teléfonos durante actividades compartidas —por ejemplo, al comer o ver una película—, fomentar alternativas de ocio fuera de las pantallas desde edades tempranas y evitar que los dispositivos estén presentes en la habitación al momento de dormir.
Finalmente, Méndez enfatiza que cada caso debe analizarse de manera individual. Factores como el entorno social, las actividades extracurriculares y los intereses del menor son clave para diseñar estrategias que permitan sustituir el tiempo frente a pantallas por experiencias igualmente gratificantes y beneficiosas para su desarrollo.












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