El próximo domingo 30 de agosto, 30 mil corazones acelerados saldrán de Ciudad Universitaria rumbo al Zócalo en el XLIII Maratón de la Ciudad de México Telcel: 42.195 kilómetros certificados por World Athletics, con salida frente a la Biblioteca Central y el Estadio Olímpico Universitario y meta en la Plaza de la Constitución. La inscripción para nacionales cuesta 870 pesos (125 dólares para extranjeros) y el registro cierra el 26 de agosto en internet, o antes si el cupo se agota. Suena barato, ¿verdad? Ahí empieza el espejismo: el dorsal es apenas la mordida de entrada a un festín que puede salir más caro que un fin de semana en la playa.
Haga cuentas, compa. Un corredor que venga de fuera debe sumar el viaje redondo, una o dos noches de hotel, alimentos, el traslado a la entrega de paquetes y el milagro logístico de estar en Ciudad Universitaria antes de las 6:00 de la mañana. Para un tapatío, el autobús redondo ronda entre 1,600 y 2,600 pesos; desde Monterrey, entre 2,400 y 3,600 por tierra, y un vuelo comprado con tiempo puede andar en cifras similares; desde Puebla o Querétaro, el camión es la ganga del recorrido, con boletos redondos que suelen ir de 500 a 1,200 pesos. En coche propio hay que añadir gasolina, casetas y el estacionamiento que, esos días, cobra como si cuidara lingotes de oro. Sumado todo, un maratonista foráneo puede terminar desembolsando entre 5,000 y 12,000 pesos por cruzar una meta. Eso sí: con medalla incluida.
¿Y dónde conviene dormir? Dormir cerca de Ciudad Universitaria te pone a diez minutos de la salida, pero te deja lejos de la meta y de la fiesta posterior; hospedarte sobre Reforma es el punto medio razonable, con camas de todos los precios y conexión directa al sur; y el Centro Histórico es ideal para quien viaja con familia, porque la porra despierta en el Zócalo y no a las cinco de la mañana en la UNAM. La clave no es el hotel más bonito, sino el que te permita moverte en la madrugada sin depender de un taxi que, créenos, ese domingo va a ser más escurridizo que un tamal de manteca en manos de godín.
Porque aquí viene el dato que ordena todo el fin de semana: la primera salida arranca a las 05:45 horas —sillas de ruedas y atletas con discapacidad visual—, sigue la élite femenil a las 05:50, la varonil a las 06:00, y los bloques generales parten escalonados entre las 06:00 y las 06:30. Traducción barrial: hay que estar formado cuando la ciudad todavía está en pijama. En ediciones recientes de las carreras capitalinas, el Metro ha adelantado su servicio a las 5:00 horas en las líneas 1, 2, 3 y 9 y ha abierto gratis sus torniquetes a quienes presentan su número oficial; para esta edición conviene confirmar los horarios especiales, cierres viales y operación del guardarropa una semana antes en los canales oficiales del evento, porque la logística fina se publica contra el calendario.
El segundo trámite ineludible es la entrega de paquetes: se realiza en el World Trade Center, Salón Mexica, el jueves 27 y viernes 28 de agosto de 10:00 a 20:00 horas, y el sábado 29 de 08:00 a 16:00. Es estrictamente personal, con copia de identificación oficial, y no hay cambio de nombre bajo ninguna circunstancia. O sea que si viajas de fuera, necesitas llegar a más tardar el sábado por la mañana, lo que convierte la «escapadita de un día» en un viaje de dos noches mínimo. La convocatoria además prevé sanciones para quien corra con dorsal apócrifo o revendido: ese número «baratito» que ofrecen en redes puede costarte la descalificación y dejarte fuera de los resultados oficiales. Ni de broma compres reventa.
Los acompañantes tampoco se salvan del entrenamiento. Su carrera es otra: ver pasar al corredor en dos o tres puntos y alcanzar a llegar a la meta. Las mejores trincheras de porra son los tramos donde la ruta avanza por avenidas anchas con acceso peatonal —las cercanías de CU para la salida, los cruces del tramo norte donde el pelotón ya va estirado, y los alrededores del Centro Histórico para el final—, siempre respetando los cruces peatonales habilitados y las indicaciones de la organización, porque las vialidades de la ruta amanecen cerradas. El plan ganador es sencillo: Metro en mano, zapatos cómodos, y a la meta con al menos 40 minutos de colchón respecto al tiempo estimado de tu corredor. Nada peor que cruzar la ciudad para llegar cuando ya le colgaron la medalla a otro.
Y una advertencia que no es de trámite sino de salud: la Ciudad de México se asienta a unos 2,240 metros sobre el nivel del mar. A esa altura hay menos oxígeno disponible y el cuerpo de quien viene del nivel del mar lo siente desde la primera escalera del hotel. Los especialistas recomiendan llegar varios días antes para aclimatarse, hidratarse más de lo habitual y plantear un ritmo más conservador que la marca personal. Nadie debería intentar 42 kilómetros sin preparación previa, ni aquí ni en ningún lado; el maratón perdona muchas cosas, menos la improvisación.
Vamos a lo que sostiene al batallón: la comida. La cena pre-carrera no necesita restaurante de autor: pasta con verduras en alguna fonda del Centro o de la Roma por menos de 150 pesos, o unos tlacoyos y un agua fresca si el estómago ya está curtido en la calle. El desayuno de las 4:00 de la mañana suele resolverse con lo que cargues desde el hotel —plátano, pan, algo dulce—, porque ni los puestos más madrugadores abren a esa hora. Después de la meta, el banquete del campeón puede ser unos tacos de canasta en la Alameda, pancita en La Merced o unos chilaquiles en San Ángel, todos por debajo de 200 pesos por persona. La regla chilanga de oro: el carbohidrato es tu padrino, la moderación tu madrina.
Y ya que se hizo el viaje, la CDMX regala la segunda mitad del fin de semana. La ruta de recuperación escribe sola: Coyoacán el sábado por la tarde, con helado en el jardín y sus calles de casonas; el Bosque de Chapultepec el domingo después del baño y la siesta; una caminada por Reforma al atardecer, cuando la avenida ya se soltó de los cierres; y el Centro Histórico para la cena de clausura, con la Catedral iluminada como telón. El tiempo máximo oficial para completar el maratón es de 6 horas, así que para cuando el último corredor toque la plancha del Zócalo, la ciudad ya estará lista para festejarlo.
Al final, la matemática del maratón no se mide en pesos sino en historias: los 870 del dorsal son el boleto de entrada a una mañana en la que 30 mil desconocidos laten al mismo ritmo, de la UNAM al corazón del país. La próxima vez que alguien te diga que correr es gratis, pregúntale: ¿ya hizo cuentas de cuánto cuesta llegar parado a una salida a las 5:45 de la mañana, a 2,240 metros de altura, con la playera puesta y el sueño vencido?