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Nacional

El INE se atreve a lo que ni Don Porfirio se atrevió

Redacción Mexican Times 26 de agosto de 2026 · 16:06 hrs Ciudad de México

Por Bruno Cortés

Porfirio Díaz no fue un diletante de la libertad de imprenta. Fue su carcelero. A Daniel Cabrera, el Fígaro de El Hijo del Ahuizote, lo metió a Belén una y otra vez hasta dejarle el cuerpo hecho hemiplejía: más de quinientos días entre bartolinas, tifo y humedad. A Jesús Martínez Carrión lo destrozó la prisión. A los Flores Magón les confiscó el taller, les prohibió firmar y los empujó al exilio. El 5 de febrero de 1903 la redacción del Ahuizote tendió crespón negro y escribió en la pared lo que el régimen no soportaba leer: murió la Constitución. Don Porfirio entendía la sátira. Por eso la perseguía con policía, no con metodología.

La sátira nacional no nace del buen humor. Nace de la desconfianza, y por eso el país siempre ha dibujado al poderoso sin carne: el general con el garrote al lado de la imprenta aplastada; el funcionario con regla y circular midiendo la ceja del locutor; el letrero que resume el sueño administrativo —se prohíbe el sarcasmo, se permite el boletín—; las calaveras de Posada riendo en bicicleta porque el chiste popular no cabe en un anexo. Esa es la idea. Díaz quería silencio. El INE, con la Variable 14, quiso inventario. Un dictador cierra el taller. Un árbitro electoral del siglo XXI pretende pesar el guiño. El palo es brutal y claro. La taxonomía es otra ambición: no matar el periódico, sino clasificar el tropo. A eso no se atrevió ni Don Porfirio.

México aprendió a hablar de política en doble sentido porque el poder siempre ha sido más rápido que la ley. Antes del general oaxaqueño ya estaba La Orquesta, con Constantino Escalante dibujando a los santones del Segundo Imperio y de la República restaurada como si el lápiz fuera un delito menor. Después vino el linaje que no cabe en un código de monitoreo: Santiago Hernández, el propio Cabrera, Martínez Carrión, y José Guadalupe Posada, grabador de barrio para Vanegas Arroyo, El Diablito Rojo y Gil Blas Cómico. Ponía a la muerte en bicicleta y a la élite en calavera. La Calavera garbancera —la que luego Rivera bautizaría Catrina— no es un adorno de noviembre: es una mofa de los que se europeizaban el hueso y despreciaban el maíz. Nadie en Palacio Nacional de 1900 pidió que un instituto midiera si el grabado “infantilizaba” al presidente. Lo que se le ocurría era el palo.

De ahí el hilo hasta Abel Quezada, Rius, Naranjo, Magú, Helguera, El Fisgón, El Chamuco. Una sola regla no escrita: el poderoso se puede nombrar en broma porque en serio suele doler más. Cuando esa regla se vuelve variable estadística, el país no se vuelve más justo. Se vuelve más sordo.

La Variable 14 —ironía, sarcasmo, minimización, infantilización, cuestionamiento implícito de legitimidad, asociación negativa por identidad— se vendió como escudo para mujeres y para quien llega a la contienda con el estigma a cuestas. Hay una parte de eso que es verdad y no hay que tirarla con el agua sucia: el sexismo de noticiario existe, el “le falta temple” existe, el primer plano al vestido existe. Posada no habría tenido piedad con eso tampoco. El error no es mirar el desprecio. El error es meter en el mismo cajón el desprecio y el oficio.

Porque si el Ahuizote sale a la luz bajo esas cinco categorías, no queda página. Díaz dibujado como Nerón en un circo romano es sarcasmo. Díaz como momia que no suelta el bastón es minimización de su “vigor institucional”. Preguntar si un hombre de treinta años en el poder sigue siendo indispensable es cuestionamiento implícito de legitimidad. Bajo el anexo del INE, el semanario feroz de 1885 no sería prensa de combate. Sería un excel de infracciones. Cabrera habría tenido que adjuntar, junto al zinc, “una descripción que justifique por qué se considera que la expresión corresponde a alguno de los mecanismos listados”.

Hay una diferencia de tecnología del poder. El porfiriato usa el cuerpo: cárcel, decomiso, ley fuga, destierro. El Estado electoral de 2026 usa la taxonomía: cuenta piezas, clasifica tropos, sube la frase a una base y deja que el resto lo haga la autocensura. No necesita Belén si el conductor de radio, seis meses antes de la precampaña, ya aprendió a no alzar la ceja. El palo de Díaz era visible. El código del INE quería ser higiénico.

Hoy el TEPJF bateó la variable. Bien hecho, y no porque la CIRT sea un convento de periodistas valientes. Bien hecho porque un árbitro no puede convertirse en crítico literario del noticiario. La violencia política de género se combate con hechos, con tiempos inequitativos, con estereotipos sobre el cuerpo y con sanciones cuando hay amenaza. No con un decálogo que convierte a Posada en antecedente de infracción.

Don Porfirio cerraba el taller y se iba a dormir. El INE, por un rato, soñó algo más ambicioso: un país donde la ironía tuviera folio. En la historia larga de la sátira mexicana, esa es la novedad. No la crueldad. La pretensión. Y la pretensión, ya se sabe, es el único vicio que el grabador de Aguascalientes no perdonaba: el poderoso que se cree tan fino que ya no soporta verse en calavera.

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