Para las personas que viven con asma, mantenerse físicamente activas podría ser una herramienta más sencilla de lo que parece. Un nuevo estudio encontró que aumentar la cantidad de pasos diarios puede ofrecer beneficios similares a los de un programa estructurado de ejercicio aeróbico, al menos en aspectos como el control de la enfermedad, la calidad de vida y el bienestar emocional.
La investigación, publicada en la revista Pulmonology, comparó dos estrategias dirigidas a adultos con asma que no tenían la enfermedad bajo control y que además llevaban una vida físicamente inactiva. Los resultados sugieren que no necesariamente se necesita acudir a un gimnasio o realizar sesiones supervisadas para comenzar a obtener beneficios relacionados con la actividad física.
“Sin embargo, el entrenamiento aeróbico requiere más equipamiento y debe ser supervisado”, explicó David Halen Araújo Pinheiro, fisioterapeuta de la Universidad de São Paulo en Brasil y principal investigador del estudio. En contraste, aumentar los pasos mediante caminatas puede integrarse con mayor facilidad a las actividades cotidianas.
El ejercicio, además, no solo estaría relacionado con un mejor control de los síntomas respiratorios. Tanto caminar más como realizar entrenamiento aeróbico se asociaron con mejor calidad de vida y una reducción de síntomas de ansiedad y depresión.
Caminar como una estrategia sencilla para mantenerse activo
Investigaciones anteriores ya habían encontrado una relación entre caminar y un mejor control del asma. De acuerdo con Pinheiro, estudios previos han observado beneficios entre pacientes asmáticos que alcanzan alrededor de 7 mil 500 pasos diarios.
Para analizar si una estrategia basada exclusivamente en incrementar la actividad cotidiana podía compararse con un programa de ejercicio más estructurado, los investigadores reclutaron a 52 personas de entre 18 y 65 años con asma no controlada y físicamente inactivas.
Los participantes fueron divididos en dos grupos y siguieron sus respectivos programas durante ocho semanas.
Uno de los grupos realizó sesiones de ejercicio aeróbico de 45 minutos, dos veces por semana, utilizando una caminadora y bajo la supervisión de profesionales. El segundo grupo recibió sesiones semanales de educación y asesoramiento de 90 minutos, en las que se les animaba a caminar más y establecer objetivos progresivos de pasos.
Para facilitar el seguimiento, las personas de este segundo grupo recibieron un reloj inteligente que registraba su actividad diaria.
Después de las ocho semanas, los investigadores evaluaron el control del asma y la calidad de vida de los participantes. Posteriormente realizaron una segunda evaluación cuatro meses después, con la intención de saber qué ocurría cuando las personas regresaban a su rutina cotidiana y ya no tenían la intervención intensiva del estudio.
Los beneficios se mantuvieron incluso después del programa
Los resultados mostraron que ambos grupos obtuvieron beneficios similares en el control del asma y la calidad de vida.
Durante las ocho semanas de entrenamiento, quienes realizaron ejercicio aeróbico aumentaron en promedio sus pasos diarios en mil 537. Sin embargo, cuatro meses después ese incremento se había reducido a 983 pasos adicionales al día.
El grupo al que se le pidió simplemente caminar más tuvo inicialmente un incremento promedio de mil 126 pasos diarios. Lo interesante ocurrió durante el seguimiento: cuatro meses después, los participantes todavía registraban 996 pasos adicionales al día, ligeramente por encima del incremento observado en el grupo de ejercicio aeróbico.
Para Pinheiro, este comportamiento fue una de las observaciones más interesantes del estudio. Mientras algunos participantes del grupo de entrenamiento aeróbico dijeron que se habían inscrito posteriormente en un gimnasio para continuar utilizando la caminadora, quienes habían recibido la intervención conductual siguieron incorporando las caminatas a sus actividades habituales.
Esto podría ser importante porque una de las dificultades de cualquier programa de actividad física es mantenerlo a largo plazo. Una rutina que requiere acudir a un gimnasio, utilizar equipo específico o contar con supervisión profesional puede resultar más complicada de sostener para algunas personas que una estrategia basada en caminar durante el día.
¿Por qué podría ayudar la actividad física?
El asma es una enfermedad respiratoria crónica en la que las vías respiratorias pueden inflamarse y estrecharse, provocando síntomas como dificultad para respirar, sensación de opresión en el pecho, tos y sibilancias.
Aunque el ejercicio puede provocar síntomas en algunas personas con asma si la enfermedad no está adecuadamente controlada, mantenerse físicamente activo, con las precauciones indicadas por un profesional de la salud, puede formar parte de un estilo de vida saludable.
En este estudio, los beneficios observados no se limitaron a los síntomas respiratorios. La actividad física también estuvo relacionada con una mejor percepción de la calidad de vida y con menores síntomas de ansiedad y depresión.
Los resultados apuntan así a una posibilidad práctica: convertir las caminatas cotidianas en una herramienta para aumentar progresivamente la actividad física, en lugar de considerar que para hacer ejercicio es indispensable realizar entrenamientos intensos o acudir a un gimnasio.
Sin embargo, los investigadores advierten que estos resultados no significan que todas las personas con asma deban establecer por su cuenta una meta específica de pasos. Las necesidades pueden variar dependiendo de la gravedad de la enfermedad, el nivel de condición física y el control de los síntomas.
Además, el estudio fue relativamente pequeño, con apenas 52 participantes, por lo que sus resultados deben interpretarse como evidencia sobre estas estrategias y no como una recomendación universal.
Caminar no reemplaza los medicamentos
Uno de los puntos más importantes señalados por los investigadores es que la actividad física debe entenderse como un complemento del tratamiento médico y no como un sustituto de los medicamentos prescritos para controlar el asma.
“Siempre debemos tomar el tratamiento que nos ha prescrito nuestro médico”, advirtió Pinheiro.
Esto es especialmente relevante porque algunas personas pueden interpretar los beneficios del ejercicio como una razón para reducir o suspender su medicación. El estudio no respalda esa conclusión.
La actividad física puede formar parte del manejo integral de la enfermedad, pero el tratamiento debe mantenerse de acuerdo con las indicaciones del profesional de la salud.
En ese sentido, los resultados ofrecen una perspectiva alentadora para quienes tienen dificultades para comenzar un programa de ejercicio formal. Caminar más durante el día puede ser una alternativa accesible para aumentar la actividad física, con posibles beneficios tanto para el control del asma como para el bienestar emocional, siempre dentro de un plan adecuado para cada persona.


