México comienza a ensayar una nueva forma de hacer turismo: recibir visitantes sin limitarse a reducir daños ambientales y procurar que parte de la derrama económica contribuya a restaurar el territorio. El modelo ya aparece en proyectos de Quintana Roo, Guerrero, Yucatán, Oaxaca y Querétaro, donde comunidades, cooperativas y hoteles vinculan las experiencias de viaje con la protección de selvas, manglares, bosques y cuencas.

El turismo regenerativo todavía no cuenta con una definición única ni con una certificación oficial de alcance nacional. El Consejo Global de Turismo Sostenible lo describe como una práctica orientada a dejar los destinos en mejores condiciones de las que fueron encontrados. A diferencia del turismo sostenible, que busca reducir impactos negativos, la regeneración plantea recuperar ecosistemas y fortalecer a las comunidades anfitrionas. La letra chiquita está en los resultados: no basta con colgar un letrero verde en la recepción.

El tema cobró relevancia institucional el 23 de marzo de 2026, cuando fue publicado en el Diario Oficial de la Federación el decreto que declaró al turismo comunitario como una actividad de interés público. Aunque turismo comunitario y turismo regenerativo no son sinónimos, ambos modelos coinciden en un punto central: procurar que la actividad turística deje beneficios directos en el territorio y en la población local.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo informó que los tres primeros Destinos de Turismo Comunitario impulsados por Fonatur son Maya Ka’an, en Quintana Roo; Camino del Mayab, en Yucatán; y Pueblos Mancomunados, en Oaxaca. La estrategia federal contempla recursos directos para fortalecer proyectos gestionados por comunidades, con énfasis en conservación, cultura local y desarrollo económico.

Maya Ka’an es uno de los casos con mayor trayectoria. El proyecto se desarrolla en comunidades mayas de Quintana Roo, en la zona de influencia de la Reserva de la Biosfera Sian Ka’an. Desde hace más de 15 años, organizaciones locales y Amigos de Sian Ka’an trabajan para que el turismo contribuya a conservar la naturaleza y genere ingresos para las comunidades sin desplazar la cultura maya viva. Entre sus acciones se encuentran la capacitación de empresas comunitarias, la aplicación de buenas prácticas y la creación de mecanismos adicionales para proteger selvas.

En la costa de Guerrero, el hotel Playa Viva, ubicado cerca de Juluchuca, aplica un mecanismo directo de financiamiento. Desde 2013 incorpora una aportación equivalente a 2% de la cuenta de cada huésped. De acuerdo con el establecimiento, los recursos se canalizan mediante The Ocean Foundation y se destinan a proyectos ambientales y comunitarios, entre ellos el santuario de tortugas La Tortuga Viva y las actividades de ReSiMar, una organización enfocada en la regeneración de la microcuenca local.

ReSiMar trabaja en cinco áreas: educación, permacultura, agua, conservación marina y reforestación. El caso resulta relevante porque conecta la tarifa pagada por los visitantes con acciones en un territorio específico. Para medir sus alcances de manera independiente todavía es necesario revisar indicadores como presupuesto anual, hectáreas intervenidas, supervivencia de árboles, evolución de la cuenca y resultados del programa de protección de tortugas.

En Bacalar, Quintana Roo, el hotel Boca de Agua reporta que 90% de su terreno permanece sin intervención y que trabaja con comunidades locales en la reforestación de manglar. La revista Time documentó que el proyecto fue construido sobre pilotes para reducir el impacto en el suelo, rehabilitó 2.5 acres de manglar dañado y utiliza un sistema de tratamiento para evitar descargas de aguas residuales en la laguna. El caso muestra cómo un proyecto privado puede incorporar medidas de conservación, aunque sus resultados requieren seguimiento ambiental de largo plazo.

El Camino del Mayab ofrece otra ruta. El proyecto conecta cenotes, haciendas, reservas ecológicas y comunidades de Yucatán mediante un sendero de 130 kilómetros que puede recorrerse a pie o en bicicleta. Su plataforma informa que participan 14 comunidades, 39 iniciativas de ecoturismo y más de 240 personas. También señala que 80% de los ingresos llega directamente a las comunidades. Ese porcentaje debe considerarse como un dato reportado por el propio proyecto y puede ser un punto de partida para una revisión independiente.

En la Sierra Norte de Oaxaca, Pueblos Mancomunados representa un antecedente de organización comunitaria vinculada con el bosque. Sus rutas integran senderismo, ciclismo, hospedaje local y recorridos por comunidades zapotecas. Estudios académicos han documentado que el modelo se apoya en la gestión colectiva del territorio y en centros ecoturísticos administrados con participación comunitaria. Fonatur y el Gobierno de Oaxaca firmaron en 2026 un convenio para consolidarlo como uno de los tres Destinos de Turismo Comunitario del país.

En Querétaro, el Grupo Ecológico Sierra Gorda desarrolla un esquema regional que vincula conservación de biodiversidad, economía local y servicios ambientales. Su estructura incluye proyectos de captura de carbono y agua, productos forestales y ecoturismo. Este caso no debe presentarse automáticamente como un destino regenerativo certificado, pero permite observar cómo el turismo puede formar parte de una estrategia territorial más amplia, donde el bosque no es únicamente paisaje para la foto, sino un activo ambiental que requiere cuidado permanente.

El financiamiento también comienza a entrar en la conversación. En Puerto Escondido, Oaxaca, el PNUD, WWF y la iniciativa BIOFIN participaron en 2026 en el diseño de un mecanismo para canalizar recursos provenientes de empresas, gobiernos municipales y visitantes hacia acciones relacionadas con biodiversidad y turismo sostenible. El proceso involucra a los ayuntamientos de San Pedro Mixtepec y Santa María Colotepec, a prestadores de servicios turísticos y a autoridades estatales.

La expansión del concepto plantea un reto para viajeros, empresas y autoridades: distinguir los programas medibles de las campañas de mercadotecnia. Antes de reservar una experiencia conviene revisar qué porcentaje del pago se dirige a conservación, quién administra los recursos, qué comunidad participa en las decisiones y qué indicadores permiten comprobar avances. Las preguntas básicas son sencillas: cuánto dinero llega al territorio, qué se restauró y quién verificó el resultado.

El turismo regenerativo en México todavía avanza por distintas veredas. En algunos destinos toma la forma de una cooperativa maya; en otros, de una ruta entre cenotes, un hotel frente al Pacífico o una red comunitaria en el bosque oaxaqueño. El siguiente paso será documentar si esas iniciativas logran mantener el equilibrio entre la llegada de visitantes, la conservación de los ecosistemas y una distribución verificable de los beneficios.

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