La decisión de Estados Unidos de no renovar el T-MEC en su forma actual es un revés para el gobierno de Claudia Sheinbaum, pero no equivale todavía a un fracaso total. El golpe está en la pérdida de certidumbre: México buscaba una extensión larga del tratado y Washington no la aceptó.
USTR informó que, como resultado de la revisión, el acuerdo no fue renovado. Al mismo tiempo, aclaró que el T-MEC permanece vigente mientras se resuelven los temas pendientes o hasta su eventual terminación.
Ese matiz es clave. La administración mexicana no enfrenta hoy la cancelación del tratado, pero sí un escenario políticamente más incómodo: revisiones anuales, mayor presión de Washington y menor horizonte para inversionistas.
El costo para Sheinbaum está en que uno de los argumentos centrales de México ante el nearshoring era la estabilidad del acceso al mercado estadounidense. Sin una extensión hasta 2042, esa narrativa pierde fuerza.
Marcelo Ebrard había planteado dos caminos: una extensión hasta 2042 o mantener la vigencia hasta 2036 con revisiones anuales. La negativa estadounidense empuja el proceso hacia la segunda opción.
La responsabilidad, sin embargo, no puede cargarse sólo a México. La decisión formal vino de Washington. Reuters reportó que la administración Trump declinó extender el acuerdo y busca cambios para relocalizar empleos manufactureros y reducir déficits comerciales.
La pregunta política de fondo no es únicamente si Sheinbaum fracasó, sino si México pudo haber evitado este escenario con otra estrategia diplomática, comercial o industrial. Esa será la línea crítica que marcará la discusión pública.