Mauricio Mejía
El futbol es un hecho político, económico y cultural de magnitutes goblales. La FIFA, una sociedad mercantil que lo regula y aprovecha sus virtudes innatas para crear una de las corporaciones más lucrativas de la industria del entretenimiento.
Desde la creación de las fases finales de la Copa del Mundo, en 1930, la FIFA ha dado forma a un conglomerado financiero que ha logrado adaptarse a los tiempos del mercado internacional con un éxito apenas parecido al de la plataforma poscapitalista del Comité Olímpico Internacional (COI). El organismo tiene más países afiliados que las Naciones Unidas y su alcance mercantil contiene a todas las formas de convivencia humana: sistemas de gobierno, razas, religiones y costumbres sociales tan variadas como la especie. Una estrategia que le permitirá, según sus proyecciones, un ingreso de casi 9 mil millones de dólares sólo en este año mundialista. La cifra representa -para entender su dimensión- el 10% del PIB nominal de Venezuela para el ejercicio de 2025.
La FIFA y el COI se han consolidado como los burós más acaudalados de la industria del deporte mundial, por ingresos y por su injerencia en la vida de miles de millones de personas en los cinco continentes. Cada cuatro años, sus ganancias rompen récords con respecto a las ediciones anteriores a sus grandes certámenes: la fase final de la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos de Verano, que se llevaron a cabo por primera vez en 1896, en Atenas.
Aunque los dos consorcios compiten por un target de consumo parecido, han encontrado la manera de no enfrentar a sus cientos de millones de clientes en todo el planeta: las Magnas Justas se realizan en años pares bisiestos y los Mundiales en los intermedios; desde la caída del Muro de Berlín a los torneos olímpicos de futbol se permite la participación de jugadores profesionales con límite de edad y, como sucede con otras federaciones internacionales, la FIFA y el COI aceptan que los grandes astros del balompié de paga compitan en sus celebraciones cuatrianuales, que se mantienen como los acontecimientos con mayor acumulación de telespectadores durante las semanas de competencias; tres para los olímpicos, un mes para el Mundial.
Aunque la razón principal que motivó la creación de las Copas del Mundo fue el profesionalismo, ya que el COI impedía en sus primeras justas la competencia de futbolistas no amaters, poco a poco las reglas del buró olímpico fueron relajándose en todas las disciplinas de conjunto como el basquetbol, el beisbol y el volibol. Los comités olímpicos tradicionales y conservadores, como el del Reino Unido, cedieron a sus posiciones de cerrazón a ultranza contra el deporte de paga y aceptaron involucrarse de lleno a los torneos de mayor prestigio en el calendario del espectáculo.
Inglaterra se inscribió al Mundial hasta 1950, y fue campeona en el certamen que realizó en 1966. La Unión Soviética, que acreditó a delegaciones olímpicas desde 1952 en Helsinki, también alineó en los campeonatos de la FIFA con sus autodenominados “jugadores de Estado”, quienes competían en ligas semiprofesionales sin patrocinadores de capital privado. Lo mismo puede contarse de otros países miembros del Pacto de Varsovia como Hungría, Polonia, Rumania y Bulgaria. Yugoslavia merece atención aparte ya que su condición política de no alineación al Este le permitió competir en los Mundiales desde 1930, sin complicar sus relaciones políticas y diplomáticas con la Moscú de Stalin.
La adaptación de la FIFA al orden geopolítico imperante tuvo su comienzo en un estadio muy temprano de las Copas del Mundo. Italia, que era gobernada por los Camisas Negras de Mussolini desde los primeros años veinte, fue elegida como sede de la segunda edición, a pesar de que contravenía los principios fundamentales del deporte como la sana convivencia entre ciudadanos, el respeto a la libertad de creencias, de raza, de género y de posiciones políticas entre sus competidores.
El partido fascista ya había dado muestras de represión, de violación a los derechos humanos y de destrucción del sistema democrático liberal en casi todos los planos de la vida pública italiana. Aún así, la FIFA nunca se propuso impedir que Mussolini llevara a cabo la fase final del Mundial entre mayo y junio de 1934. Incluso permitió que el régimen autocrático alterara las reglas de competencia permitiendo que México y Estados Unidos jugaran un partido de eliminatoria, a matar o morir, en el estadio Nazionale de Roma. México, país por el que el dictador sentía especial consideración (es cierto que su nombre fue motivado por la admiración que su padre sentía por Benito Juárez), perdió la oportunidad de jugar su segunda Copa del Mundo al perder aquel duelo ante el cuadro estadunidense.
Después de vencer sospechosamente a España (a la que se anularon dos goles legítimos) en los Cuartos de Final; de contratar a jugadores argentinos con ascendencia italiana y de sacar provecho de decisiones arbitrales, la escuadra azzurra se sobrepuso, 2-1, a Checoslovaquia en la final romana. Durante el descanso de aquel partido, que se encontraba empatado a uno, Mussolini envió el famoso mensaje a sus jugadores de “vencer o morir”. Durante los tiempos extras, los italianos anotaron el gol del triunfo ante 55 mil aficionados, la mayoría de los cuales pertenecía al partido escuadrista.
Tampoco la FIFA mostró preocupación alguna cuando el partido Nazi, que llegó al poder en Alemania en 1933, se anexionó a Austria y compitió con el mejor elenco de la Maravilla Austríaca en la Copa del Mundo de Francia 1938. La Maravilla había cautivado al mundo con la primera gran revolución en el esquema de juego durante el mundial italiano, en el que perdió ante los locales en las semifinales en un duelo plagado de decisiones arbitrales dudosas, por decir lo menos. La depuración de los jugadores judíos -a quienes se impidió competir por Alemania en los Olímpicos de 1936 y en el certamen francés- de las alineaciones de la media Europa no inquietaron a los altos ejecutivos del organismo, a pesar de que la persecución contra los israelitas ya era conocida por todos los gobiernos de Occidente.
La Noche de los Cristales Rotos se produjo meses después de que Italia lograra el bicampeonato en canchas francesas. El antisemitismo se propagaría por toda Alemania y en todos los países ocupados por Hitler (Stalin, por su cuenta, implementaría su forma de holocausto) a lo largo de los seis años de la Segunda Guerra Mundial. La FIFA, con sede en Zúrich, decidió mirar para otro lado ante la barbarie. Obligada por los acontecimientos canceló las ediciones de 1942 y 46 de la fase final del Mundial.
Cuando se restableció el programa de competencia de la pelota, en 1950, el campeonato fue otorgado a Brasil, que transitaba por contados y peculiares años de vida democrática con la elección, vía urnas, de Getulio Vargas. La FIFA supo medir la temperatura de la Guerra Fría y aceptó en su corporación a países de ambos lados de la bipolaridad. Durante la década de los 50, decidió entregar la sede a dos países europeos de manera seguida: Suiza y Suecia, países que garantizaban cierta tranquilidad a la cancha dividida por los polos Este y Oeste. Al mismo tiempo, la pelota organizada del capitalismo comenzaba a ganar campo en países de África, Asia y Oceanía. Sus efectos no tardarían en hacerse notar en la acumulación de capital de una multinacional que reportaba ganancias superiores a los Productos Internos Brutos de muchos países pobres que incorporaba a su lista de afiliados.
El histórico terremoto que azotó a Chile antes del Mundial tampoco impidió que el balón corriera por canchas sudamericanas en 1962; lo mismo sucedió en México en la antesala de la Copa del Mundo de 1986. Más en sintonía con el clima de la diplomacia del dinero, la FIFA repartió las sedes del 66, 70 y 74 entre Inglaterra, México y Alemania. Las sedes mexicana y alemana iban acompañadas con el otorgamiento los Juegos Olímpicos de 1968 y 1972, estos últimos fueron manchados por los atentados de Septiembre Negro en contra de la delegación israelí en la Villa Olímpica de Múnich. La FIFA mantuvo la sede alemana -a la que se pidió reforzar al extremo sus sistemas de seguridad; desde entonces este presupuesto se convirtió en uno de los más costosos para los comités organizadores del Mundial- para 1974, en donde se enfrentaron las dos alemanias, la Democrática y la Federal, en un histórico partido en Hamburgo. El marcador, contra todo pronóstico, favoreció al Este. Jürgen Sparwasser anotó el único gol del partido en eEl minuto 77.
El conglomerado del balón tampoco miró al Sur cuando se produjo el golpe militar en el Palacio de la Moneda de Santiago por las fuerzas militares de Augusto Pinochet. La Unión Soviética renunció a hacer el viaje a la capital chilena en protesta a la toma del poder de los grupos castrenses, y los funcionarios de la FIFA no escucharon los gritos de los presos políticos que se encontraban en los sótanos del Estadio Nacional (y del ahora llamado Víctor Jara) cuando realizaban la inspección de rutina de la sede del juego de vuelta de la eliminatoria en la que la selección soviética quedó eliminada con un partido a solas en Santiago. El marcador oficial fue de 2-0 en favor de la escuadra local, que alineó a jugadores simpatizantes con el nuevo régimen.
A pesar de su carácter militar y represor (causante de la muerte o desaparición de más de 70 mil disidentes políticos entre 1976 y 1983), el gobierno militar de la Argentina fue respaldado por la FIFA para realizar la Copa del Mundo de 1978, en la que no sin sospechas se coronó por primera vez la selección albiceleste, que fue utilizada por el régimen de Videla para legitimar su permanencia en el poder durante los años de la Operación Cóndor, que reprimió brutalmente a militantes de izquierda en todo el Cono Sur. La democracia volvió a la Argentina en 1983. Tres años después, Diego Armando Maradona comandó un equipo mediano para lograr el bicampeonato albiceleste en el Estadio Azteca de Ciudad de México.
La FIFA no sintió apremio alguno cuando Colombia se vio obligada a renunciar a su sede de 1986 a causa de una crisis económica, política y de seguridad nacional. Sin chistar, aceptó la oferta mexicana para “rescatar” el compromiso colombiano, a pesar de que México atravesaba por una profunda crisis financiera que le obligó a llegar a acuerdos apremiantes con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. La renegociación de la deuda mexicana obligó al país a restructurar su deuda interna y a abrir su mercado en las rondas del libre mercado anterior a la Caída de los Muros (Ronda de Uruguay y GATT) con la, obligada, privatización de empresas públicas en varios sectores de la economía, entre ellos telecomunicaciones y energía.
Las sospechas de corrupción de los altos mandos de la FIFA para entregar las sedes de la fase final del Mundial se incrementaron cuando el organismo decidió entregar las ediciones a Japón y Corea en el 2002; a Sudáfrica en el 2010 y a Rusia en 2018. Joseph Blatter, el suizo expresidente del consorcio, tiene prohibido todavía participar en cualquier actividad del futbol organizado tras haber sido declarado culpable por casos de deshonestidad como blanqueo de dinero y sobornos en 2015. La entrega de la fase final Copa del Mundo a Catar en 2022 aceleró la investigación del gobierno de Estados Unidos contra Blatter y otros funcionarios de alto nivel de la FIFA. La condena vence hasta 2027.
El bloque comercial del tratado mercantil de Norteamérica (Estados Unidos, Canadá y México) será sede de la final del Mundial en junio próximo. Después de la celebración del Foro Económico de Davos -en donde se estrenó una nueva geopolítica con más restricciones al libre mercado y la libre circulación de productos- el gobierno de Donald Trump se alista para presumir a todo el planeta la celebración máxima del balompié en cachas estadunidenses. Trump, celebrado y premiado por la FIFA con honores artificiales, decidió invadir Venezuela en enero y ha intervenido en la vida política de varios países como Irán, Honduras, Argentina, Chile y México, al que amenaza con invadir por aire, mar y tierra para erradicar la presencia de grupos criminales a lo que ha catalogado como terroristas contra la seguridad nacional estadunidense.
A pesar de las amenazas de boicot al certamen del verano próximo, lo único cierto es que el balón correrá en varias ciudades de la Unión Americana y el presidente de la FIFA, el suizoitaliano Gianni Infantino, entregará -con Tump al lado- el trofeo de campeón del mundo al país que gane en la final del 19 de julio, en Nueva York.
En 2030 el Mundial -adaptado a un formato de 48 finalistas, como el inminente-tendrá sedes fomales en España, Marruecos y Portugal. Y, si la burla no fuera suficiente, Argentina, Uruguay y Paraguay recibirán los partidos inaugurales de sus selecciones para celebrar el primer siglo del Mundial que se realizó en 1930, en canchas uruguayas.







Sé el primero en comentar