México en 2025 se sintió como ese vagón del Metro que avanza a jalones: luces parpadeando, el altavoz diciendo “avance lento” y la gente discutiendo si conviene bajarse o aguantar “porque ya merito”. Afuera, el mundo tampoco ayuda: la democracia liberal —esa que prometía libertades, contrapesos y prosperidad— hoy se ve como un sistema operativo viejito, lleno de ventanas que no responden y trámites que te piden “copia en tres tantos”. Y justo cuando la paciencia se agota, el autoritarismo se vende como app nueva: rápida, “eficiente”, sin preguntarte nada. La pregunta flota, como smog a mediodía: ¿la democracia se está muriendo… o la estamos dejando morir de cansancio?
En 2025 el ambiente nacional tuvo un sabor muy chilango: ese “ya cambió todo, pero no cambió nada”. Discurso de futuro con herramientas del pasado, pleito eterno como si la política fuera ring y una ciudadanía que, entre la renta, la inseguridad y el tráfico, ya no siempre tiene pila para defender conceptos que suenan bonitos en conferencias pero duelen en la quincena. La democracia, cuando no entrega resultados, se vuelve como el elevador descompuesto: todos dicen que es importante… hasta que toca subir trece pisos cargando el súper.
Y mientras acá nos peleamos por quién tiene “la verdad” y quién “se robó el país”, el tablero global se mueve sin pedir permiso. El poder está cambiando de manos. Antes mandaba el club de siempre; ahora los BRICS crecen y el G7 se achica en el mapa económico. Traducido: el mundo está reacomodando los muebles y nosotros seguimos discutiendo quién se llevó el control de la tele.

En ese reacomodo aparece un invento propagandístico que parece chiste, pero no lo es: la famosa “Kill Line”, una narrativa nacida en redes chinas con lenguaje de videojuego. La idea es simple y cruel: en Occidente te baja tantito la barra de vida —una deuda médica, perder el empleo— y te eliminan del sistema. Es propaganda bien hecha porque se cuelga de una falla real. Y con esa historia te venden el paquete completo: “¿ves? la libertad es un lujo peligroso; lo único seguro es que el Estado te controle”. Aquí lo hemos oído en versión nacional: “ya dejen de discutir, que alguien mande y ya”. Como si la prisa justificara que te quiten llaves, ventanas y derecho a reclamar.
Luego está la trampa más seductora de todas: la del “miren qué rápido construyen”. A la Gen Z —y a cualquiera con la paciencia raspada— la democracia le puede parecer lenta, torpe, desesperante. Hay un dato que hiela: un buen porcentaje de jóvenes aceptaría un líder fuerte que gobierne sin elecciones, con tal de que “resuelva”. Y claro, cuando comparas obras: Nueva York tarda más de una década en sacar una línea de metro, y Singapur en unos años ya la tiene brillando… pues la tentación se entiende. El problema es que nadie te cuenta el costo escondido: en los sistemas donde todo se hace rápido, también se calla rápido.
Y como de callar se trata, vale la pena hablar del maquillaje económico. Las autocracias presumen crecimiento como influencer en domingo: filtro, pose y ángulo perfecto. Un estudio de Luis Martínez (Universidad de Chicago) decidió ignorar los reportes oficiales y mirar al espacio, usando la intensidad de luz nocturna como termómetro de actividad real. ¿Resultado? Entre menos libertad y transparencia, más “crecimiento” inflado. Hay países que inflan cifras en promedio 15%; y dictaduras que se avientan hasta 35%. En 2025, cuando los gobiernos —de aquí y de allá— te avientan números como confeti, conviene recordar que la transparencia no es lujo moral: es mantenimiento básico. Sin transparencia, el Estado se pudre por dentro y luego te culpa porque “no cooperaste”.
Ahora, si alguien cree que esto es solo debate de economistas con corbata, ahí va el golpe al estómago: vivir en democracia se nota hasta en el cuerpo. En promedio, la libertad se asocia con más años de vida y más años de escuela. Y hay dos cosas que las autocracias no copian bien, por más que lo intenten: la paz entre democracias y la innovación que de verdad rompe el mundo. Patentes hay muchas en todos lados, sí, pero la innovación que cambia la historia suele nacer donde el pensamiento no necesita permiso. En 2025 México quiso subirse al tren del futuro, pero un tren sin libertad de crítica se vuelve maqueta: se ve moderno, pero no se mueve.
Y aquí entra el test más mexicano de todos: el del tamal. Porque luego dicen “todos son iguales”, pero si tu voto no fuera peligroso, nadie gastaría millones para convencerte… ni intentaría comprártelo con una despensa, una tarjeta o, de plano, un tamal con su atolito. La compra del voto es la confesión involuntaria de que tú tienes el poder. Y la otra prueba que sí separa democracia de simulación es la alternancia real: ver que alguien entrega el poder sin balazos, sin golpes, sin “accidentes” raros. Cuando en 2025 se normaliza que el adversario es enemigo y la crítica es traición, ya vamos oliendo a cuarto cerrado.
“Sí, pero China…” dicen algunos, como si fuera el futuro inevitable con aroma a tren bala. Pues también hay sótano: crisis inmobiliaria, desempleo juvenil, deuda creciendo más rápido que ingresos, confianza del consumidor cayendo tras la pandemia. El hámster financiero: corre y corre, y si preguntas por qué la rueda no lleva a ningún lado, te dicen que bajes la voz. Porque allá, el orden es obligatorio… y la queja es un lujo que se paga caro.
Por eso la democracia no se muere de un golpe espectacular, se muere de flojera, de cinismo y de “ay, qué hueva votar”. La ventaja evolutiva de la democracia es bien simple y bien poderosa: permite que la critiques sin que eso sea sentencia. Y ahí te va la imagen final, pa’ que se nos quede pegada: en una esquina cualquiera, un político reparte tamales con sonrisa de campaña; enfrente, alguien guarda el suyo en la bolsa… y con la otra mano —la libre, la terca, la ciudadana— marca la boleta como quien enciende una luz en un cuarto donde alguien quería oscuridad.







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