CONSTRUCCIÓN DE LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL
POR: MARIBEL SÁNCHEZ ARELLANO
¿Puede la educación ser verdaderamente neutra en una sociedad marcada por profundas desigualdades históricas, políticas y sociales?
Desde sus orígenes, la educación ha estado estrechamente vinculada a los procesos democráticos, a las luchas políticas y a la construcción histórica de las sociedades.
Lejos de ser un acto meramente técnico o transmisor de contenidos, educar implica tomar postura frente a la realidad; por lo cual, educar implica reconocer que toda práctica pedagógica tiene un trasfondo político y una responsabilidad histórica.
Por tal razón, la democracia debe ser entendida no solo como un sistema de gobierno sino como una forma de vida, que requiere de sujetos capaces de pensar críticamente su realidad y de actuar solidariamente en ella.
Por lo tanto, educar es poner en práctica la actividad educativa, comunicacional, una visión de las cosas, una visión del mundo y de la vida social, unas aspiraciones éticas y cognoscitivas, surgidas de la propia historia de la humanidad y de la comunidad en particular.
Desde esta perspectiva, toda acción educativa es también una acción política, porque siempre responde a una intención, a un proyecto de sociedad y a una concepción del ser humano, ya que, cambiar es un proceso complejo, pero posible cuando la educación se asume como una práctica transformadora orientada a la justicia social y a la dignidad humana.
El papel del maestro es fundamental, es él quien presenta a los intereses y aptitudes del niño, el sentido de las cosas, colectiva e históricamente asumido, y quien revela las exigencias y problemas de la relación con el mundo y con los otros hombres en el presente.
Por esto, la educación y la escuela deben ocuparse del trabajo, de la vida práctica, del estudio de la naturaleza, del arte y de la historia, pero al mismo tiempo deben estar presente los propósitos de la creación de una atmosfera moral, de una participación auto directiva en las actividades.
Es importante resaltar que el mejor futuro de las naciones, las regiones y el planeta se consigue, suele suponerse, en la medida de la eficiencia que se consiga en la tarea educativa destinada a la formación de “buenos ciudadanos”, de agentes capaces de vivir en democracia y de promoverla (Serrano & Ramos, 2021, p.20)
Por ello, la escuela debe ser cada vez más activa en la preparación de individuos libres para una participación inteligente en una sociedad libre.
La definición de Freud hay que repetirla una y mil veces: el niño es un investigador; si lo reprimen y lo ponen a repetir y a aprender cosas que no le interesan y que él no puede investigar, a eso no se puede llamar educar. Así que, una verdadera enseñanza debe partir de los ejemplos que el niño conoce a través de su experiencia para mostrarles que lo que a él le parece o ha vivido son también problemas.
La promoción de una educación filosófica es la forma por excelencia de la búsqueda de ampliación de la democracia dentro del sistema educativo. Hay que promover una educación filosófica y no una información cuantificada, masiva, beatificada… No podemos cambiar la división del trabajo desde el aula, pero sí podemos desarrollar desde allí una lucha restringida por la democracia (Zuleta, 2010, p.7).
Por lo tanto, una educación basada únicamente en información cuantificada, masiva y estandarizada corre el riesgo de formar sujetos pasivos, más preocupados por acumular datos que por comprender su contexto social, político y cultural, este tipo de enseñanza prioriza la memorización y la eficiencia técnica, dejando de lado la participación que requiere una sociedad democrática.
Freire (1990) señala que:
El ser educador implica un compromiso por lograr que lo político se convierta en algo más pedagógico, es decir, para que la reflexión y la acción críticas se conviertan en parte fundamental de un proyecto social que no solo implica formas de opresión, sino que también desarrolla una profunda y obediente fe en lucha por humanizar la vida en sí. Cambiar es difícil, pero es posible, como vamos a programar nuestra acción político-pedagógica, sin importar si el proyecto con el cual nos prometemos es de alfabetización de adultos o de infantes, de acción sanitaria, de evangelización o de formación de mano de obra técnica (Freire, 2022, p.75).
En este sentido, el analfabetismo no debe entenderse como una condición individual ligada a la incapacidad o falta de esfuerzo personal, sino como el resultado de una injusticia social e histórica. Cuando se afirma que el analfabeto es aquel que no ha tenido la oportunidad de alfabetizarse, se pone en evidencia que la exclusión educativa es consecuencia de estructuras sociales que limitan el acceso al conocimiento y a la participación plena en la vida social, política y cultural.
Por lo cual, la alfabetización se concibe como un acto profundamente político y liberador, en el que leer y escribir no se reduce al dominio técnico de palabras, sino a la capacidad de “leer el mundo”.
Así que, negar la oportunidad de alfabetización significa también negar la posibilidad de comprender críticamente la realidad y de intervenir en ella. Por ello, el analfabetismo representa una forma de opresión que priva a las personas de su voz y de su derecho a participar activamente en la transformación de su contexto.
La práctica pedagógica debe asumir un compromiso ético con la justicia social, reconociendo que enseñar a leer y escribir es, ante todo, un acto de dignificación humana. Alfabetizar implica abrir caminos para que los sujetos se reconozcan como protagonistas de su historia, capaces de reflexionar, dialogar y ejercer su libertad de manera consciente.
Para que aprender a leer y escribir constituya un acto de conocimiento, los educandos deben asumir desde el principio el rol de sujetos creativos. No se trata de memorizar y repetir determinadas sílabas, palabras y frases, sino de reflexionar críticamente sobre el proceso de leer y escribir en sí, y acerca del significado profundo del lenguaje.
Educar no significa solo preparar para la adaptación del mundo existente, sino formar sujetos capaces de comprender su lugar en la historia y asumir una postura activa frente a ella.
Además, entender la historia como posibilidad y no como determinismo es reconocer que los hechos históricos no están completamente predeterminados, es tal relevancia ya que la escuela no solo transmite contenidos del pasado, sino que forma sujetos capaces de interpretar críticamente la realidad y transfórmala. Enseñar historia permite que los estudiantes comprendan que los cambios sociales han sido resultado de decisiones éticas y políticas tomadas por individuos y colectivos, y que ellos mismos pueden ser agentes de transformación.
María Montessori (s/f) señala que: “Todo mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz, la gente educa para la competencia y este es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, es día estaremos educando para la paz”, la frase invita a reflexionar sobre el rol transformador de la educación, especialmente en la infancia, ya que es en la escuela donde se construyen las bases de la convivencia democrática.
De tal modo, nos recuerda que la paz no es solo la ausencia de guerra, sino una forma de vivir y relacionarnos, que se aprende y se práctica diariamente a través de una educación centrada en lo humano y en lo social.
Se requiere no una revolución, sino una organización de las medidas que la escuela ya ha encontrado, algunas de estas son: sacar al niño de la escuela ampliando las referencias del mundo en que vive, los trabajos manuales, los modos de expresión artística.
Una verdadera transformación educativa requiere una organización escolar que confíe en el criterio profesional del docente y promueva espacios de participación, dialogo y experimentación. Solo cuando la escuela valora la creatividad y la autonomía como pilares de su funcionamiento, las reformas dejan de estar en riesgo y pueden alcanzar un impacto duradero en la formación integral de los estudiantes.
En este contexto, la afirmación de Nelson Mandela, “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”, adquiere un profundo significado, pues reconoce en la educación una fuerza capaz de transformar conciencias y realidades. Sin embargo, esta transformación solo es posible cuando la práctica pedagógica se orienta hacia la solidaridad, el diálogo y la justicia social.
Así, una educación crítica y solidaria se convierte en un pilar esencial para el fortalecimiento de la democracia y la construcción de un futuro más humano e inclusivo.
REFERENCIAS
Serrano, J., & Ramos, J. (2021). Democracia y Educación, a 100 años. Universidad Pedagógica Nacional. Zuleta, E. (2010).
Educación y Democracia; un campo de combate. Omegalfa. Freire, P. (1990).
La naturaleza política de la educación; cultura, poder y liberación. Ediciones Paidós. Freire, P. (2022). Pedagogía de la autonomía: saberes necesarios para la práctica educativa. Siglo XXI Editores. Pp.136.







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