Por José Sobrevilla
Un escultor es un guardián de silencios,
un viajero que conversa con la piedra dormida.
Sus manos, relámpagos pacientes,
despiertan figuras ocultas en la sombra de la piedra.
Escribe sin tinta,
con golpes que laten como corazones de roca.
Donde otros ven materia,
él descubre memorias, formas, eternidades.
El escultor no inventa: revela.
Libera lo que ya habitaba en la roca,
y al hacerlo, nos recordará perennemente
que la belleza siempre estuvo allí, esperando…
Algo así es lo que viene a la mente, poéticamente, cuando buscamos definir a un profesional que ha cifrado su vida a este arte; alguien como Jorge Ismael Rodríguez López de Lara, a quien personalmente hemos visto crecer, insistir, construir de cero su proyecto de vida, pero sin apartarse del sueño que tuvo desde niño cuando empezaba a moldear sus primeras figuras en plastilina; pero, profesionalmente ¿Cómo se llega a ser un escultor? Cualquiera podría responder que estudiando en La Esmeralda o en San Carlos, escuelas respetables de arte en la Ciudad de México; pero no, Jorge Ismael con toda esa influencia familiar zacatecana, campirana, después de intentarlo en estas casas de estudio, se dijo: “voy a estudiar la carrera de veterinario”; aunque después, en un momento de arrogancia juvenil, asegurara que ‘solo la estudiaría como hobby’, y así lo hizo, pero siempre de lado de su pasión: la escultura.
La inquietud se apuntaló en 1967 cuando, al sufrir una hepatitis aguda, y estar encerrado por la famosa cuarentena, doña Marielena López de Lara, su señora madre, le dejó un paquete de plastilinas de colores para que se entretuviera. Posteriormente, ya en tercero de primaria, en la escuela República de Somalia de Villa Coapa, ganó un premio haciendo una maqueta en plastilinita de ‘El niño artillero’ lo que le motivó más.
Como a los doce años, después de ganar aquel premio, conoció a Arturo Moreno, hijo de Nicolás Moreno, importante laudero que tallaba madera, hacía charangos, bombos, etcétera, del que se hizo su ayudante. “Con él estuve haciendo cosas. Un par de veces dibujé con don Nicolás Moreno −su padre− y, después, por una historia muy extraña también, a los dieciséis años llegué a conocer a los Ponzanelli, cuando estaba en primero de CCH”.
Resulta que, la casa de sus abuelos paternos, donde en aquel tiempo vivía, a dos calles se encontraba el taller de los Ponzanelli, reconocidos escultores, y entró como ayudante, barriendo y haciendo los mandados; pero al poco tiempo ya revisaba y hacía una especie de supervisión de los trabajos, para posteriormente realizar ya sus propias piezas. “Me tocó trabajar en varios proyectos importantes de Gabriel y Ricardo. Fue una época muy interesante, y al mismo tiempo estaba terminando mi preparatoria, para entrar luego a la universidad. Mis referentes habían sido estos artistas muy exitosos a quienes conocía, aunque solo eran en la estatuaria, pero muy famosos, como Ricardo y Gabriel, aunque también hice trabajos con su padre, Don Octavio…”
“Como médico veterinario llegué a hacer instalaciones de granjas, trabajé con pequeñas especies, fui ayudante en equinos y nutrición en la universidad, haciendo alimentos balanceados a partir de los elementos existentes, en fin; pero a los 22 años, al terminar la carrera de veterinario, con mi trabajo de escultor, ya me encontraba pagando un departamento y tenía mi estudio.
“Antes de los 18 años empecé a ganar dinero como escultor profesional, primero ayudándole a Gabriel Ponzanelli, y también fue en esa época que empecé a hacer obra mía, misma que vendía Antonio Bulines, mi tío. Él me había comprado (tenía yo 20 años) unas esculturas de leones para la entrada de su alberca, y fue este uno de mis primeros trabajos grandecito, siendo estudiante de veterinaria, pero también escultor. Realicé −en aquel tiempo− varios apoyos museográficos, figuras de indígenas para el Museo Serfin, el Museo de la Indumentaria.
− ¿Cuál es la historia de la pieza que fue entregada al ex presidente ruso Mijail Gorbachov?
Hice el premio que el gobierno de Colima ha otorgado a personas destacadas de México y el mundo; en la primera ocasión fue una escultura del Rey Colimotl, muy compleja, con toda la historia de Colima; misma que le fue entregada al expresidente Gorbachov (por la Perestroika), y posteriormente también le fue entregada al ex presidente De la Madrid, por ser destacado colimense.
Ahí descubrí que la escultura es un referente de tiempo y cultura, además de obra de arte que satisface el espíritu, y que puede llegar a los confines del universo. Para ello debe tener una función didáctica; o sea, que la escultura era algo con lo que el arte, el ser humano, va narrando desde el principio de nuestra prehistoria lo que va pasando, lo que le sorprende, lo que admira o detesta, entre otras muchas cosas.
Siendo todavía muy chamaco tuve la oportunidad de hacer trabajos como el Rey Colimotl, que se entregaba a personalidades importantes, o “El Cristo olvidado” para San Felipe Ixtapa, en Oaxaca. Entiendo que lo que estoy haciendo son interfaces, objetos que sirven como vínculos, ventanas, hacia otros universos. En el caso del Rey Colimotl se lo dan a un ser humano que yo no imaginaba poder conocer (y no lo conocí); (…) él fue una persona que, con sus acciones llegó a transformar la historia del planeta. Eso me hizo entender la importancia de mi trabajo.
Sin embargo, con la copia del “Cristo olvidado” de San Felipe Ixtapa, en Oaxaca, cuando veo a la gente llegar al Cristo a persignarse, darle gracias, disculparse, pedirle… me queda claro que no están yendo a ver mi escultura, están buscando un encuentro con Dios; −insisto− ahí radica la importancia de mi trabajo: haber sido un vehículo para generar ese vínculo o ventana.
¿En qué países se encuentra tu trabajo como escultor?
Obra fija, hay en tres parques pequeños de Japón; obra que no se queda, pero considerada trascendental, en Canadá, Colombia y aquí en México. Estoy hablando de obra objetual y no objetual, como la que he hecho en España, Estados Unidos, Alemania, Austria, Costa Rica… en un montón de lados.
¿La de Canadá fue objetual?
Ahí es una cuestión interesante, porque termina siendo un objeto: el Monumento Sopa Azul. Ahí soy detonador y acompaño −por supuesto− a quien dirigió este objeto, mismo que surge de una acción performática (…) Fui a hacer una exposición de gráfica en Vancouver que consistía en unas estampas donde vinculo un poquito la ilustración de la Virgen de Guadalupe. En aquella época yo estaba jugando o disfrutando del amor (…) eran gráficas digitales, y fui invitado por el proyecto Cultura Sur, por Lucy Ortiz, mi amiga activista salvadoreña, quienes por cierto me han otorgado varios premios, mismos que valoro, agradezco y respeto muchísimo.
Éramos unas quince personas de nueve países a quienes sugerí reunirnos al día siguiente para hacer una acción conjunta. Ahí noté que la comida era el punto de referencia por la nostalgia de recordar a nuestros familiares. Entonces, a partir de la suma de varios aportes culturales hicimos la Sopa Sur a partir de frutos del mar de Vancouver con sabores que traíamos de nuestras tierras (…) había muchísimos sabores para añadir a esta sopa, cuya receta tenía −entre muchas cosas− agua de coco, jitomate, yuca, hasta llegar a 30 o 40 ingredientes. Una gran historia que terminó en un gran monumento de granito.
A Jorge Ismael, por su sencillez, los reconocimientos nunca le han quitado el sueño. Sus amigos, como Héctor López, han escarbado en la historia para documentarlos. Tan así, que al cuestionarle del tema, únicamente recordaba que en 2006 había sido nombrado ‘Artista del Año’ en Vancouver por el Proyecto Cultural Sur; o bien que en Brasil… hacía más de dos décadas (…) había obtenido un segundo lugar en performans en Japón. Sin embargo, −para esta entrega− sugiere incluir su primera muestra fuera de México (¿Cuál es el nombre del juego?), en el Festival Internacional del Caribe (Santiago de Cuba, alcaldía de Mella), que por la parte mexicana fue coordinada por este, “su seguro tecleador”.
− Háblanos de tu etapa esculpiendo obsidiana
Empecé labrando, primero, cuando Gabriel Ponzanelli quien −para desestimularme− me regaló un pedazo −en este caso− de mármol negro, para que lo tallara; después de trabajarlo un año, se me cayó, rompiéndose (…) Pero pegarle a la piedra ha estado siempre en mi corazón por las canteras zacatecanas. Después de La Sopa Sur, fue regresar a la piedra, al análisis, la reflexión sobre la roca; sobre todo cuando hice el Pocket Park de Murano, en Japón, dentro de la Trienal de Arte Echigo-Tsumari (ETAT), uno de los festivales de arte contemporáneo al aire libre más grandes del mundo.
(…) Necesitaba un elemento explosivo, contundente, que rompiera en el espacio del bosque… y pensé en una esfera de obsidiana. Había visto la artesanía de obsidiana, pero no sabía hasta que tamaño se podían encontrar las rocas. Fue así que conozco a Pedro, artesano de Morelos, y le digo que quería hacer una esfera de 80 centímetros, y empezamos a buscar, pero no había pedazos de ese tamaño, y por fin logramos hacerla; fue dificilísimo el trabajo con la obsidiana: me costó sangre, sudor y llanto, poder hacer esa pieza, requerí −por supuesto− del apoyo de artesanos experimentados, y salí con ganas de no volver a tocar la obsidiana en mi vida; pero cuando veo la pieza en el espacio, y el gran super poder del elemento, me enamoré absolutamente de esto.
Su herencia familiar y afectiva le llega de Zacatecas y, emocionalmente, ha sido más fuerte que el haber nacido un 28 de septiembre (1960) en la Colonia del Valle, Ciudad de México. Su madre, la señora Marielena López de Lara, hija de don Rafael, nieta de don Guillermo López de Lara, un médico zacatecano que, al ser destruido su hospital en la explosión de El Polvorín, durante la toma de Zacatecas, fue apresado por tropas de Pancho Villa junto con la directora de la Normal, señorita González Ortega, porque ambos habían instalado un hospital de sangre donde atendían heridos.
Cuando los villistas llegaron al mencionado hospital, exigían que revelaran nombres y filiaciones políticas de las personas a quienes estaban curando. Querían saber quiénes eran los contrarios, seguramente para fusilarlos, agrega Jorge Ismael. “Aquí solo tenemos heridos, pero no sabemos de qué bando son”, repetía Don Guillermo y González Ortega… “Entonces los vamos a fusilar a ustedes”, respondieron los villistas, al tiempo que los llevaban al Panteón La Purísima, donde realizaban las ejecuciones. “Mi familia zacatecana siempre ha sido católica practicante y, decía ‘El Oso Medina’, que mi bisabuelo era la persona más ‘socialista’ que había conocido (seguramente, si lo hubiera escuchado, se sentiría muy ofendido, porque Don Guillermo era un hombre de bien con amplia noción de lo social, pero sin esas etiquetas)”, aseguró Jorge Ismael. “Él fue uno de los pocos médicos que se quedaron en la época de la revolución en Zacatecas”.
Un zacatecano, amigo de Pancho Villa, vio cuando llevaban a Don Guillermo y preguntó al General Villa: “¿Por qué van a fusilarlo?, él es buena persona sin filiación política”, Villa le contestó “Es que no supieron a quiénes eran a los que estaban curando…” “Huy mi general, pues entonces nos van a fusilar a usted y a mí, también a varios soldados… porque tampoco sabemos.” Con ello consigue que el Centauro del Norte le diga “bueno, pues apelando a la bondad de los personajes −que usted dice− si los alcanza todavía, los perdono.” Corrió a alcanzarlos y fue así que se salvó y regresó, después de ser perdonado, a seguir atendiendo enfermos.
“Mi abuela fue una profesora de historia, quien todo el tiempo estaba pegada a los libros. Ismael Rodríguez Aragón, mi abuelo, fue filósofo, sociólogo, y pedagogo quien trabajó en la construcción de la educación pública en México y uno de los fundadores del Instituto Mexicano del Seguro Social, IMSS; incluso, por Chapultepec, existe un Centro Cultural que lleva su nombre; él era un hombre de gran inteligencia y de izquierda; con un código ético y moral muy claro. “Mi abuelo Rafael fue un super contador y maravillosa persona; me enseñó matemáticas y prácticamente a leer.
“Cuando era muy jovencillo, mi padre se fue de la casa, tenía yo dos años o algo así, entonces con él tuve muy poco trato. Creo que lo vi un par de años antes de que muriera. Se había ido a Sonora a trabajar y cuando regresó, ya había formado otra familia, de mis hermanas a las que quiero muchísimo. Una cuestión muy interesante fue venir de dos familias muy honradas, muy honestas y muy trabajadoras: una católica practicante y otra donde el eje del ser estaba en la filosofía, en lo socialista. Videocharla en @SobrevillasProductions y Sociodigitaltv (YouTube)
Entrevista realizada el 9 de enero de 2026 en Cd. De México







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