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La herencia maldita

Los Demonios del Poder

Por Carlos Lara Moreno

La herencia maldita

La austeridad republicana fue, durante años, uno de los pilares morales del lopezobradorismo. Un discurso eficaz para conectar con el hartazgo social frente al despilfarro del viejo régimen. Hoy, sin embargo, ese mensaje cruje. Claudia Sheinbaum hereda no solo el poder, sino también sus contradicciones: mientras ella insiste en la sobriedad como principio ético y de gobierno, varios cuadros de Morena exhiben en público lujos, viajes, relojes caros y estilos de vida difíciles de reconciliar con la narrativa oficial.

El problema no es menor ni anecdótico. En política, la percepción es fondo. Y la percepción de una élite gobernante que predica austeridad mientras practica el privilegio erosiona la credibilidad del proyecto completo. No importa cuántas veces se repita que no hay corrupción “arriba”; cuando las imágenes contradicen al discurso, el discurso pierde.

Sheinbaum enfrenta así a Los Demonios Clásicos del Poder: la incoherencia, la soberbia y la impunidad interna. Demonios que ya minaron a otros movimientos que prometieron ser distintos. La diferencia es que ella aún está a tiempo de enfrentarlos.

El primer reto es político, no administrativo. Sheinbaum no puede limitarse a deslindes tibios o a frases genéricas sobre la “conducta personal” de sus compañeros. Si el mensaje de austeridad es serio, debe convertirse en línea política obligatoria, no en recomendación moral.

 

Gobernar también implica incomodar a los propios.

El segundo reto es simbólico. La llamada “herencia” de Andrés Manuel López Obrador incluye una narrativa potente contra la corrupción, pero también una tolerancia selectiva frente a excesos de aliados. Si Sheinbaum quiere marcar diferencia, debe hacerlo en los símbolos: reglas claras, sanciones visibles y una comunicación que no proteja lo indefendible.

Callar o minimizar solo alimenta la sospecha.

El tercer reto es institucional. La percepción de corrupción no se combate con discursos, sino con mecanismos. Transparencia real, controles internos, declaraciones patrimoniales verificables y consecuencias políticas para quien dañe la imagen del gobierno. Morena no puede seguir funcionando como un movimiento donde la lealtad pesa más que la ética pública.

Sheinbaum tiene una ventaja: su perfil técnico y su imagen personal de sobriedad. Pero esa ventaja se diluye si no se refleja en el conjunto del poder que encabeza. La presidenta no gobierna sola; gobierna con un equipo, un partido y una historia reciente que pesa.

La austeridad, si no se practica, se convierte en retórica vacía. Y cuando eso ocurre, el discurso que nació como bandera moral termina siendo uno más de Los Demonios delPoder. El desafío de Sheinbaum no es solo administrar un país, sino demostrar que la transformación también puede empezar por casa.

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