Por Valeria Corso
El bloqueo dual en el Golfo Pérsico y la revisión del T-MEC consolidan la fragmentación del orden unipolar.
La simultaneidad de la tregua armada en el Estrecho de Ormuz y el endurecimiento de la política arancelaria de Washington hacia México y Canadá no constituyen hechos aislados, sino los vectores de una reconfiguración macroestructural del sistema internacional.
El reciente acuerdo preliminar de alto el fuego por 60 días entre Estados Unidos e Irán, condicionado al desbloqueo naval norteamericano y la unearthing de uranio enriquecido, evidencia un repliegue táctico de Washington ante un conflicto de desgaste que paraliza los flujos energéticos globales.
En este escenario de vulnerabilidad del eje occidental, la reciente cumbre de Pekín —donde Xi Jinping y Vladímir Putin ratificaron la extensión de su Tratado de Cooperación Estratégica— formaliza la consolidación de un bloque autárquico euroasiático orientado a desplazar de forma definitiva la hegemonía unipolar.
Para la Federación Rusa y la República Popular China, la inestabilidad en el Medio Oriente opera como un elemento de distracción sistémica que erosiona la capacidad operativa de la OTAN. Moscú capitaliza el incremento estructural en los precios de las materias primas para financiar su proyección territorial, mientras Pekín asegura el suministro de hidrocarburos iraníes mediante vías terrestres inmunes al control naval estadounidense, integrando la planificación económica de su 15º Plan Quinquenal con la estrategia rusa hacia el año 2030.
Esta alianza material busca blindar la soberanía industrial del bloque frente a las sanciones occidentales, utilizando la cooperación en inteligencia artificial y tecnología militar como un contrapeso de disuasión frente a la presión norteamericana.
En el hemisferio occidental, la estrategia de seguridad nacional de la administración Trump ha trasladado la lógica de la presión máxima hacia sus fronteras continentales en vísperas de la revisión del T-MEC.
El anuncio de la Representación Comercial de EE. UU. (USTR) de mantener aranceles universales al acero y la industria automotriz de México y Canadá, condicionados de forma permanente a la reducción del déficit comercial, redefine el pacto como un instrumento de subordinación geopolítica y no de libre mercado.
Ante esto, la respuesta de México y Ottawa mediante su Asociación Estratégica Integral busca establecer un frente de contención asimétrico. Los escenarios previsibles apuntan a una fragmentación irreversible: la consolidación de una fortaleza norteamericana altamente regulada por imperativos de seguridad frente a un bloque euroasiático cohesionado que controla el núcleo de los recursos globales.


