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Columnas

Actos y consecuencias

Redacción Mexican Times 20 de julio de 2026 · 06:05 hrs Ciudad de México

La jabalinada / Bruno Cortés

La polarización rara vez comienza con un golpe sobre la mesa. Casi siempre empieza con una palabra.

“Conservador”. “Traidor”. “Fifí”. “Chairo”. “Vendepatrias”. “Pueblo bueno”. “Enemigo de México”.

Las palabras que originalmente intentaban describir una postura política terminan convirtiéndose en sentencias morales. Ya no señalan lo que una persona piensa, sino lo que supuestamente es. Así, el adversario deja de ser un ciudadano con argumentos discutibles y se transforma en un personaje simple: el villano de nuestra historia.

Ése es el problema de dividir a una sociedad entre buenos y malos. La política deja de ser un espacio para discutir decisiones públicas y se convierte en una lucha por demostrar quién posee la superioridad moral.

En México, esta lógica aparece una y otra vez. Puede observarse cuando se utiliza la Conquista para repartir culpas contemporáneas entre víctimas y victimarios absolutos; cuando se exige a personas del presente responder moralmente por acontecimientos ocurridos hace siglos; o cuando desde el poder se insinúa que apoyar al gobierno equivale a defender al pueblo y criticarlo significa colocarse en contra de la nación.

El efecto inmediato puede ser políticamente rentable. Una sociedad dividida resulta más fácil de movilizar. Cuando el ciudadano cree que está luchando contra el mal, deja de exigir explicaciones complejas. Ya no pregunta si una política funciona, cuánto cuesta, quién se beneficia o cuáles son sus consecuencias. Le basta saber de qué lado se encuentra.

Pero todo acto produce consecuencias.

El primer acto es colocar una etiqueta. La primera consecuencia es dejar de escuchar.

El segundo acto es convertir al adversario en enemigo. La segunda consecuencia es justificar cualquier agresión contra él.

El tercer acto es presentar al propio grupo como moralmente puro. La tercera consecuencia es perder la capacidad de reconocer sus errores.

Poco a poco, la sociedad deja de debatir y comienza a reaccionar. Las conversaciones familiares se vuelven campos de batalla. Las redes sociales premian el insulto más rápido y castigan cualquier matiz. Los periodistas son clasificados según su cercanía o distancia del poder. Los ciudadanos ya no intercambian razones: intercambian sospechas.

La polarización también produce sufrimiento, aunque no siempre sea visible en las estadísticas.

Produce miedo a expresar una opinión. Produce resentimiento entre grupos sociales. Produce aislamiento, enojo permanente y desconfianza. Convierte diferencias políticas normales en rupturas personales. Y, sobre todo, destruye algo indispensable para cualquier democracia: la posibilidad de aceptar que una persona puede estar equivocada sin ser malvada.

Desde una perspectiva ética —y también desde ciertas ideas budistas sobre la acción y sus consecuencias— el problema no consiste únicamente en decidir quién comenzó el conflicto. La pregunta más importante es qué estamos cultivando con nuestras palabras y nuestras conductas.

Cada vez que humillamos al adversario, fortalecemos la humillación como método político. Cada vez que difundimos una mentira porque beneficia a nuestro bando, legitimamos la mentira como herramienta pública. Cada vez que reducimos a millones de personas a una etiqueta, contribuimos a una sociedad incapaz de reconocerse en su propia diversidad.

Comprender las causas de una conducta no significa justificarla. Negarse a llamar monstruo al adversario tampoco implica renunciar a la crítica. Es posible denunciar la corrupción sin deshumanizar al corrupto; exigir justicia histórica sin heredar culpas raciales o nacionales; confrontar al poder sin convertir a sus simpatizantes en enemigos; y defender a un gobierno sin considerar traidor a todo aquel que lo cuestione.

La verdadera madurez democrática empieza cuando abandonamos la fantasía de que nosotros somos siempre los héroes.

En la historia real, casi nadie lo es por completo.

Una sociedad no se vuelve más justa porque uno de sus grupos consigue imponer su propia versión del bien. Se vuelve más justa cuando construye instituciones que limitan los abusos de todos: del gobierno, de la oposición, de las empresas, de los medios y de los ciudadanos.

México no necesita eliminar sus diferencias. Necesita aprender a procesarlas sin convertirlas en una guerra moral.

Podemos seguir utilizando la política para fabricar enemigos y después sorprendernos por el resentimiento colectivo. Podemos continuar sembrando etiquetas y esperar, ingenuamente, que de ellas nazca la convivencia.

O podemos reconocer una verdad incómoda: las palabras también son actos.

Y todos los actos tienen consecuencias.

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