La rampa de salida que México le tiende a Trump

La Jabalinada por Bruno Cortés

El discurso de Sheinbaum y la carta de López Obrador no son dos desahogos soberanistas: son una sola maniobra, y va dirigida al instinto del presidente Trump por encima de su aparato.

Hay una manera mexicana de leer la semana —indignación, orgullo, el reflejo de cerrar filas— y hay otra, menos cómoda pero más útil: leerla como se lee en el cuarto donde, del otro lado de la frontera, se decide qué hacer con nosotros. Porque ahí no se leen sentimientos. Se leen incentivos.

Conviene recordar el expediente, no la emoción. El 29 de abril el Departamento de Justicia acusó a diez funcionarios y exfuncionarios mexicanos por presuntos vínculos con el narcotráfico. Entre ellos, el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya: la primera vez que Washington pide la extradición de un funcionario mexicano electo y en funciones. No es un dato menor ni un trámite. Rocha es aliado de López Obrador, mentor de Sheinbaum, y los tres son Morena. Sobre ese tablero —y no sobre otro— cayeron el domingo el discurso de la presidenta y, el miércoles, la carta del expresidente.

La tentación es analizarlos por separado. El error también. Juntos forman un esquema clásico de poli firme y poli amable, lo hayan acordado o no.

Sheinbaum trazó la raya: cuando desde fuera se dicta quién es culpable y se presiona a las instituciones, dijo, ya no hablamos de cooperación sino de injerencia. «México no es piñata de nadie.» Pero hizo algo que en Washington se anotó con más cuidado que la frase de cabecera: de inmediato ratificó que la cooperación se mantiene intacta, que México seguirá colaborando para frenar el cruce de drogas. Es decir, dibujó la frontera de la dignidad sin cerrar la puerta del negocio. Y luego reencuadró: preguntó en voz alta si lo que estamos viendo es a la ultraderecha estadounidense usando a México para posicionarse rumbo a sus elecciones de noviembre, o intentando influir en la nuestra de 2027.

Esa pregunta es el verdadero golpe. No defiende: invierte. Convierte una acusación de narcotráfico en una acusación de intervencionismo electoral, y con ello vuelve tóxico cada paso siguiente de la presión. Porque a partir de ahí, perseguir la extradición de un funcionario electo ya no se ve como justicia: se ve como la injerencia que ella anunció. El analista político que la escucha entiende lo incómodo del asunto para su propio bando: la presión, lejos de debilitar a Morena, le está regalando bandera soberanista para 2027 y blindando a una presidenta con casi 70% de aprobación. La maniobra de fuerza está fabricando el resultado que dice querer evitar.

Entonces aparece López Obrador, y aquí el cuarto se incorpora en las sillas. Su carta es más fina de lo que su nostalgia aparenta. Primero, por el silencio que rompe: que el movimiento active a su figura fundacional avisa que Morena cierra filas y que el margen de Sheinbaum para ceder en la extradición acaba de estrecharse. Segundo, y sobre todo, por su arquitectura. López Obrador absuelve a Trump en lo personal —el del T-MEC, el que no gravó las remesas, el que ayudó en la pandemia, el que respetó la soberanía energética— y descarga toda la culpa sobre «sus falsos amigos y consejeros». «Que regrese el otro Trump», escribe.

Eso no es un insulto. Es una rampa de salida. Un relato a la medida que le permite a Trump rectificar sin perder la cara, apelando a su instinto personalista y transaccional, e invitándolo a pasar por encima de su propio aparato —Justicia, la DEA, los duros del narcoterrorismo— para tratar directo, de hombre a hombre, como antes. No es un ataque a la Casa Blanca: es un intento quirúrgico de partirla por dentro.

Y por si la insinuación fuera sutil, López Obrador la firma con dos referencias que en Washington nadie pasaría por alto. La primera, Cienfuegos: recuerda que la DEA y el Departamento de Justicia, según él en venganza contra el Ejército, fabricaron un expediente contra un general, y que Trump terminó devolviéndolo a México. El paralelo con Rocha Moya es deliberado, y el recado al aparato es de una sola línea: ya se echaron para atrás una vez. La segunda, el lenguaje de «ley fuga» y «mátalos en caliente» para nombrar las ejecuciones extraterritoriales, con la advertencia de que esto no ocurre sólo en México. Ahí internacionaliza el costo y lo enlaza, sin pronunciarlo, con el precedente venezolano que tiene nerviosa a toda la región.

El dilema, entonces, queda escrito en el pizarrón de Washington, no en el nuestro. El camino de la presión rinde un trofeo de campaña rumbo a noviembre, pero hasta hoy su efecto comprobable es unir a Morena, encender a la base y entregarle a Sheinbaum un arma para 2027, mientras amenaza a la única interlocutora que de verdad entrega seguridad: la del operativo contra El Mencho, la de las extradiciones récord, la de los homicidios a la baja. La pregunta operativa no es ideológica, es contable: ¿vale el escalpe de Rocha Moya el riesgo de perder al gobierno que coopera y de alimentar al adversario que se dice querer debilitar?

Esa decisión no se toma, en realidad, en el cuarto de seguridad. Se toma en la cabeza de un solo hombre, en función de qué le pesa más entre noviembre y la historia. Y conviene entender lo que de verdad pasó esta semana: México no salió a gritar. Salió a ofrecer una rampa y a tender una trampa en el mismo gesto. El aparato estadounidense puede recomendar lo que quiera. Los dos textos están escritos, con una precisión que sería ingenuo subestimar, para apostarle al instinto del presidente por encima de su aparato.

Veremos cuál de los dos Trump contesta.

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