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Cultura

Códice Borbónico: el calendario donde los dioses seguían respirando

El Códice Borbónico conserva días, destinos y ceremonias de un universo regido por fuerzas divinas y ciclos calendáricos.

Redacción Mexican Times 21 de julio de 2026 · 06:00 hrs Ciudad de México

El códice habla

Antes de que un hombre naciera, yo ya conocía algunos de los vientos que lo acompañarían.

Mis días tenían dientes, plumas, agua, pedernal, casas, monos, jaguares y flores. Ninguno estaba vacío. Cada amanecer llegaba habitado por fuerzas antiguas que podían favorecer una siembra, alterar un matrimonio o inclinar el destino de un gobernante.

Mis sacerdotes me abrían para escuchar el murmullo del tiempo. No pretendían dominarlo. Buscaban saber por dónde venía.

Después pintaron en mí las fiestas del año, las procesiones, las ofrendas y el Fuego Nuevo. Cuando mis páginas se desplegaban, el universo aparecía entero, como una serpiente que se desenrollaba dentro de una habitación.

Un libro para leer el tiempo

El Códice Borbónico es uno de los manuscritos religiosos y calendáricos más importantes vinculados con la tradición mexica. Se desconoce su fecha exacta y persiste el debate sobre si fue realizado poco antes o poco después de la Conquista.

Su estilo pictográfico es marcadamente indígena, aunque algunas anotaciones y elementos sugieren intervenciones del periodo colonial temprano. También se discute su lugar preciso de producción, que suele situarse en el centro de México.

El códice recibe su nombre del Palacio Borbón, sede de la Asamblea Nacional de Francia, institución que conserva el documento en París.

Fue pintado sobre papel de amate en una larga tira plegada en forma de biombo. Su despliegue permite leer secuencias calendáricas y rituales de manera continua.

¿Qué contiene?

El códice se organiza en tres grandes secciones.

La primera es un tonalámatl, es decir, un libro del calendario ritual de 260 días conocido como tonalpohualli. Este ciclo combinaba 20 signos de día con 13 números. El resultado era una secuencia de 260 combinaciones antes de que el patrón volviera a repetirse.

Cada periodo de 13 días, o trecena, estaba asociado con deidades y fuerzas particulares. Los especialistas rituales interpretaban estas combinaciones para orientar ceremonias, nombramientos, viajes, matrimonios y otros momentos relevantes.

La segunda sección presenta las 18 veintenas del año solar. El calendario de 365 días, llamado xiuhpohualli, estaba compuesto por 18 periodos de 20 días y cinco jornadas adicionales consideradas especialmente delicadas.

Cada veintena incluía ceremonias relacionadas con dioses, estaciones, agricultura, lluvia, guerra, fertilidad y renovación. El códice representa procesiones, templos, sacerdotes, danzantes, ofrendas y personificaciones divinas.

La última parte muestra el ciclo de 52 años y la ceremonia del Fuego Nuevo, realizada cuando coincidían nuevamente los calendarios de 260 y 365 días. El INAH identifica en el Borbónico tanto el tonalámatl como las 18 fiestas anuales y la ceremonia de renovación del fuego.

El tiempo no estaba vacío

En la concepción mexica, los días no eran recipientes neutrales. Cada uno poseía una cualidad derivada de su signo, número, posición y relación con las deidades.

Esto no significa que una persona estuviera condenada mecánicamente por la fecha de su nacimiento. Los pronósticos podían ser ambiguos y las prácticas rituales permitían negociar o moderar ciertas influencias.

El calendario era una tecnología intelectual. Reunía observación astronómica, memoria histórica, experiencia agrícola, religión y cálculo. Leer el tiempo exigía formación especializada.

Los sacerdotes calendáricos interpretaban signos y contextos de manera semejante a como un médico analiza síntomas o un navegante observa el cielo. Su conocimiento tenía consecuencias en la vida pública y privada.

Las fiestas que sostenían al mundo

Las ceremonias de las veintenas seguían el ritmo agrícola y político de la sociedad. Algunas buscaban propiciar la lluvia; otras agradecían las cosechas, celebraban a los guerreros o renovaban vínculos con las deidades.

Los participantes no representaban a los dioses como actores modernos representan un papel teatral. Mediante vestimentas, ayunos y transformaciones rituales, ciertas personas podían convertirse temporalmente en ixiptla, una presencia o encarnación de la deidad.

Para los mexicas, una imagen sagrada no era únicamente un recordatorio simbólico. Podía contener o actualizar una fuerza. Por eso el vestido, los colores, el papel, la sangre, las plumas y los objetos rituales tenían una eficacia propia.

El sacrificio debe entenderse dentro de esa lógica de reciprocidad. Los seres humanos habían recibido vida, alimento, lluvia y movimiento cósmico; debían responder con ofrendas. La deuda con los dioses era una condición de la existencia.

Comprender esta idea no implica justificar la violencia ritual, sino situarla dentro de la concepción mexica del universo.

La noche del Fuego Nuevo

Cada 52 años terminaba una gran cuenta calendárica. La conclusión del ciclo despertaba temor: existía la posibilidad de que el Sol no volviera a levantarse y el mundo llegara a su fin.

Los fuegos domésticos eran apagados. En la oscuridad, sacerdotes observaban el cielo y realizaban la ceremonia sobre el cerro de Huixachtécatl, identificado con el actual Cerro de la Estrella, en el oriente de la Ciudad de México.

Al confirmarse la continuidad del ciclo cósmico, se encendía un fuego nuevo que después era distribuido entre templos, barrios y hogares. La sociedad comenzaba de nuevo.

El xiuhmolpilli, representado como un manojo de varas atadas, simbolizaba ese periodo de 52 años. El Museo Nacional de Antropología lo describe como un equivalente conceptual de un gran ciclo temporal, marcado por la ceremonia del Fuego Nuevo.

¿Por qué se hizo?

El Códice Borbónico probablemente servía como instrumento para especialistas rituales. Permitía organizar las ceremonias, interpretar periodos y transmitir conocimientos calendáricos.

Después de la Conquista, un documento de esta naturaleza también pudo emplearse para explicar las antiguas prácticas religiosas a misioneros y administradores españoles.

Esa función era peligrosa y ambigua. Registrar el conocimiento podía preservarlo, pero también facilitar su persecución. Los frailes estudiaron las religiones indígenas para combatir lo que consideraban idolatría; al hacerlo, conservaron involuntariamente parte de aquello que pretendían eliminar.

Un universo pintado

El códice muestra que la cosmovisión mexica no estaba construida alrededor de una separación estricta entre naturaleza y religión. La lluvia era un fenómeno físico, una condición agrícola y una manifestación relacionada con Tláloc.

El maíz era alimento, planta, sustancia corporal y don sagrado. El Sol era un astro y una fuerza que requería colaboración humana. El calendario era cuenta matemática y mapa divino.

En ese universo, existir significaba participar en una red de intercambios. Los dioses daban y reclamaban; la tierra alimentaba y recibía; el tiempo destruía y renovaba.

El Códice Borbónico no es solamente un calendario antiguo. Es el plano de un mundo donde cada día llegaba acompañado.

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