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¿Cómo Alex Lora convirtió la censura en 58 años de rock urbano?

Alex Lora rectifica su historia: suma 58 años de rock urbano tras superar la censura, los hoyos fonquis y la cárcel. ¿Cuál es su secreto?

Redacción Mexican Times 7 de agosto de 2026 · 23:30 hrs Ciudad de México

Foto y texto Bruno Cortés

La revisión histórica de la trayectoria de Alex Lora y su agrupación El Tri en la Ciudad de México genera asombro al confirmar que el movimiento no cumple cinco décadas, sino 58 años de andar ininterrumpido en el rocanrol desde su debut el 12 de octubre de 1968. La reconstrucción de sus datos biográficos desglosa cómo una propuesta musical nacida en el ámbito doméstico logró sortear la represión estatal para erigirse en un pilar de la identidad cultural mexicana. La historia de esta longevidad artística comenzó en una esquina de la Colonia del Valle, donde los primeros acordes se ejecutaron casi en secreto.

Criado en la capital por sus abuelos maternos tras la separación de sus padres, Lora fundó en su juventud la banda Three Souls in My Mind, influenciada por las vertientes anglosajonas del blues. En aquellos primeros ensayos en casa, los jóvenes músicos volteaban botes de basura para utilizarlos como percusiones improvisadas y no alterar a los vecinos. Aquel pasatiempo juvenil tomó un cariz profesional en la segunda mitad de los años sesenta, sin presagiar el vendaval político que congelaría la escena artística mexicana.

El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, celebrado en septiembre de 1971, congregó a más de 200,000 asistentes y detonó una inmediata respuesta de censura por parte de las autoridades federales, las cuales restringieron las presentaciones masivas del género durante más de un decenio. Esta medida cerró los espacios de difusión masiva y relegó el desarrollo del rock a la clandestinidad de los recintos conocidos como «hoyos fonquis», donde las bandas tocaban a nivel de piso sin templetes ni infraestructura técnica. Sin acceso a la radio comercial, el grupo enfrentó una encrucijada que transformaría de fondo su lenguaje creativo.

Ante las barreras para comercializar temas en inglés, la agrupación comenzó a escribir en español composiciones como Oye cantinero, convirtiendo las vivencias cotidianas de la calle en crónicas urbanas a ritmo de blues. Esta propuesta funcionó como un espejo retrovisor para los sectores populares, traduciendo las problemáticas sociales de la capital a una narrativa de resistencia compartida. No obstante, la consolidación de este catálogo requirió de una estructura organizativa capaz de profesionalizar los conciertos en un entorno adverso.

La incorporación de Celia García Guerrero, conocida popularmente como Chela Lora y a quien el cantautor denomina «su domadora», marcó un hito al asumir la representación ejecutiva del grupo tras haberse conocido en el festival de 1971. En una industria dominada por esquemas informales donde los empresarios pretendían liquidar las tocadas con cajas de cerveza, la gestión de Chela formalizó los contratos y aseguró la paga de los músicos. Esta solidez administrativa permitió explorar escenarios atípicos, llevando la propuesta musical a espacios de reclusión.

El Tri trasladó sus presentaciones al interior de centros penitenciarios como el Reclusorio Oriente y Santa Martha Acatitla, donde grabó producciones discográficas en vivo y estableció programas de colaboración artesanal con la población privada de la libertad. Mediante la donación de insumos y materiales, los internos han elaborado y pintado artesanalmente guitarras conmemorativas para las giras del grupo. ¿Cuándo se ha visto que una agrupación musical transforme el encierro en un taller permanente de creación artística colectiva?

Esta labor comunitaria derivó en la creación de un lote de 150 guitarras personalizadas que formaron parte de sus exhibiciones históricas, reflejando una estética que fusiona el vestuario de cuero con la iconografía de la Virgen de Guadalupe y motivos artesanales huicholes. Dicha identidad cruzó fronteras hasta consolidar a Perú como su segundo hogar artístico y conectar con las comunidades migrantes en Estados Unidos a través de temas de crítica social a las políticas fronterizas. La proyección internacional demostró que la crónica del barrio capitalino posee un alcance trasnacional.

A casi seis décadas de sus primeros acordes, la trayectoria de la agrupación ofrece al ciudadano de a pie un testimonio de autogestión y permanencia cultural frente a los vaivenes de la industria del entretenimiento. Para los espectadores que acuden a sus conciertos en la periferia o en grandes recintos, la experiencia musical opera como una válvula de escape frente a las tensiones económicas y cotidianas de la metrópoli. La vigencia del proyecto confirma que la relación directa con la audiencia constituye un activo resistente al paso del tiempo.

Tras conmemorar su camino en escenarios poco convencionales como la reserva subterránea de Río Secreto en Quintana Roo, Alex Lora sostiene que el verdadero instrumento de su propuesta es el coro colectivo de los asistentes en cada tocada. Tras 58 años de sortear la censura gubernamental y la marginación mediática, la lírica del rock urbano permanece como un testimonio vivo de la memoria social en la Ciudad de México. Si tuvieras que elegir una sola canción para explicar la vida en la capital a alguien que no la conoce, ¿cuál de El Tri le pondrías?

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