Por la Dra. Elena Rostova
La utilización de la memoria histórica como eje de cohesión política y discursiva ha emergido en el México contemporáneo no como una simple revisión académica, sino como un dispositivo estratégico de gobernanza simbólica. Al situar el debate público en la exigencia de disculpas a la Corona española y al Vaticano por los agravios de la Conquista, el aparato estatal busca cimentar una identidad colectiva basada en el agravio fundacional. Este fenómeno, analizado desde la sociología del poder, funciona bajo la lógica de la «comunidad imaginada» descrita por Benedict Anderson, donde la nación se unifica en torno a un pasado resignificado y un antagonista externo nítido.
El núcleo de esta estrategia radica en su capacidad para activar resortes emocionales de pertenencia y legitimación. Al colocarse el Ejecutivo como el herendero y defensor simbólico del «pueblo» frente a la antigua potencia colonial, se edifica un tribunal moral que divide la realidad entre víctimas y victimarios. Sin embargo, la ciencia política contemporánea advierte que el desplazamiento del debate hacia coordenadas geográficas y temporales tan distantes opera frecuentemente como un mecanismo de distracción frente a las urgencias materiales del presente.
La transición discursiva entre la administración de Andrés Manuel López Obrador y la presidencia de Claudia Sheinbaum demuestra una continuidad ideológica con matices institucionales diferenciados. Mientras el primero instrumentalizó la historia como un arma de polarización moral y retórica, la actual mandataria ha adoptado el diferendo diplomático como un sello de lealtad al proyecto político precedente. Esta persistencia de la narrativa soberanista, incluso manifestada en la exclusión de jefes de Estado en ceremonias oficiales, responde a la necesidad de mantener el control de la agenda pública a través del monopolio del relato histórico.
No obstante, los límites de la épica nacionalista comienzan a manifestarse ante la presión de variables socioeconómicas y de seguridad que no admiten postergación. Sociólogos como Zygmunt Bauman han señalado cómo los estados modernos, al perder márgenes de maniobra reales ante los flujos globales, se refugian en la gestión cultural y simbólica para proyectar una soberanía que en el terreno económico se encuentra acotada. Pelear con el pasado colonial puede consolidar una base electoral cohesionada, pero carece de la capacidad operativa para resolver las deficiencias estructurales del sistema de salud, el déficit fiscal o la crisis de violencia.
Hacia mediados de 2026, las dinámicas geopolíticas y la inminencia de eventos de alta visibilidad internacional, como la Copa Mundial de Fútbol, han comenzado a forzar una distensión diplomática, evidenciando el pragmatismo inherente a las relaciones exteriores de los Estados modernos. El retorno gradual de la diplomacia convencional demuestra que las banderas identitarias poseen una vida útil condicionada por la realidad material y los intereses económicos mutuos.
El costo de oportunidad de un debate centrado en el siglo XVI es el eclipse de las reformas necesarias para el siglo XXI. La memoria histórica es un componente legítimo de la soberanía, pero cuando sustituye la discusión técnica sobre infraestructura, crisis hídrica, transición energética y el rescate financiero de las empresas paraestatales, corre el riesgo de convertirse en una cortina de humo conceptual. La madurez democrática de una sociedad civil se mide por su capacidad de honrar su pasado sin permitir que este se transforme en una coartada para la parálisis gubernamental del presente.


