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Estilo de Vida

¿Las emociones han cambiado con el tiempo? Así aprendimos a sentir el amor, el duelo y la tristeza

Redacción Mexican Times 29 de septiembre de 2026 · 17:00 hrs Ciudad de México

Solemos pensar que las emociones son universales y que el amor, el miedo, la alegría o el duelo se han experimentado de la misma manera desde que los seres humanos existen. Sin embargo, aunque estos sentimientos tienen raíces biológicas, la forma de reconocerlos, expresarlos y darles significado ha cambiado a lo largo de la historia.

La manera en que una persona vive sus emociones no depende únicamente de sus procesos físicos y mentales. También está relacionada con las normas sociales, las creencias religiosas, las costumbres familiares y los ideales culturales de su época. Lo que hoy se considera una expresión natural de amor, tristeza o felicidad pudo haber tenido un significado distinto en otras sociedades.

Esta perspectiva es estudiada por la historia de las emociones, una disciplina que analiza cómo las diferentes culturas han construido vocabularios, normas y modelos de comportamiento para interpretar la vida afectiva. Desde esta mirada, sentir no es solamente una experiencia privada: también es una práctica que se aprende en el hogar y en la sociedad.

Por ejemplo, hace aproximadamente 250 años, la idea de casarse por amor podía resultar inconcebible para determinados sectores sociales, en los que los matrimonios respondían principalmente a estrategias familiares, económicas y patrimoniales. En la actualidad, para muchas personas, lo difícil de imaginar es una unión matrimonial sin amor.

Este contraste no significa que en el pasado no existieran el enamoramiento o el afecto, sino que las expectativas sobre cómo debía vivirse el amor eran diferentes.

Del antiguo Egipto a la expresión pública del afecto

Las representaciones artísticas de las civilizaciones antiguas ofrecen algunas pistas sobre la manera en que las sociedades concebían las relaciones afectivas. Aunque las imágenes del pasado no permiten conocer directamente la intimidad de las personas, sí muestran los códigos con los que se representaban los vínculos familiares y emocionales.

Un ejemplo se encuentra en el antiguo Egipto, durante el reinado de Akenatón, entre 1353 y 1336 antes de nuestra era. En el llamado periodo amarniense, las representaciones de la familia real mostraban una cercanía poco habitual en otras imágenes oficiales de las élites egipcias.

En distintas escenas aparecen Akenatón, su esposa Nefertiti y sus hijas compartiendo momentos de proximidad física y afecto. Algunas representaciones muestran al faraón besando a una de sus hijas, mientras Nefertiti sostiene a las otras.

Estas imágenes podrían parecer familiares para el público actual, acostumbrado a encontrar expresiones de cariño entre padres e hijos en fotografías, películas y otros productos culturales. Sin embargo, su significado en el Egipto antiguo también estaba relacionado con la política y la religión.

Las representaciones de la familia real formaban parte de un lenguaje público que contribuía a legitimar el nuevo culto promovido por Akenatón. Por ello, no es posible concluir que todas las familias egipcias se relacionaran de la misma manera.

Lo que sí permiten observar es que la intimidad familiar podía convertirse en una herramienta de representación política y religiosa, al mostrar a la familia gobernante como el núcleo de un nuevo orden.

La Edad Media: las emociones entre la virtud y las normas sociales

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, el cristianismo influyó de manera importante en la interpretación de las emociones en distintas sociedades europeas. Sin embargo, su relación con los sentimientos no consistía simplemente en rechazarlos o considerarlos negativos.

Determinadas emociones y formas de afecto podían entenderse como virtudes. La compasión, la caridad, el amor al prójimo, el arrepentimiento y la devoción ocupaban un lugar relevante dentro de los ideales morales cristianos. En contraste, la ira, la envidia y el deseo considerado desordenado debían ser controlados.

Esto no significa que existiera una única manera de sentir o expresar las emociones. Las normas variaban según el grupo social, el contexto y las circunstancias individuales.

Un ejemplo es el amor cortés, una tradición literaria difundida entre la aristocracia desde el siglo XII. En ella, el enamorado expresaba su admiración y lealtad hacia una dama mediante un ideal de servicio, entrega y devoción.

Aunque este modelo tuvo una influencia importante en la literatura europea, no necesariamente describía las relaciones cotidianas ni determinaba cómo se organizaban los matrimonios. Las alianzas familiares, los intereses económicos y la conservación del patrimonio continuaron desempeñando un papel central en numerosas uniones.

La historia de Romeo y Julieta, la tragedia escrita por William Shakespeare a finales del siglo XVI, permite observar esta tensión. Los protagonistas desafían la voluntad de sus familias para mantener su relación, una decisión que entra en conflicto con las obligaciones familiares y sociales que estructuran la obra.

Su historia se ha convertido en uno de los grandes símbolos del amor romántico, pero no debe interpretarse como una descripción directa de las relaciones de pareja de su tiempo.

Al mismo tiempo, sería incorrecto imaginar un pasado en el que el amor estuviera completamente ausente de los matrimonios. El consentimiento y el afecto también podían formar parte de las relaciones conyugales, aunque convivieran con otras obligaciones y expectativas.

La Ilustración y el nacimiento de nuevas formas de intimidad

Durante el siglo XVIII, la Ilustración impulsó ideales relacionados con la razón, el conocimiento y el dominio de uno mismo. Sin embargo, este movimiento intelectual no se limitó a contraponer la racionalidad con los sentimientos.

En paralelo, se desarrolló una cultura de la sensibilidad que otorgaba importancia a la simpatía, la compasión, la amistad y la capacidad de conmoverse ante las experiencias de otras personas.

La expansión de la lectura, la correspondencia y la novela también abrió nuevos espacios para explorar la vida interior. A través de cartas y relatos literarios, las personas podían expresar sentimientos, examinar sus vínculos y reflexionar sobre sus propias experiencias.

Hacia finales del siglo XVIII y durante el XIX ganó fuerza el ideal de elegir pareja a partir de la afinidad personal y el amor. Este cambio, sin embargo, no eliminó las obligaciones económicas, familiares y sociales que condicionaban las relaciones.

El Romanticismo contribuyó a colocar la pasión, la autenticidad y la individualidad en el centro de numerosas obras artísticas. Pero el concepto de amor romántico, entendido como un modelo social de las relaciones afectivas, es más amplio que el movimiento cultural que le dio parte de su impulso.

La transformación tampoco ocurrió de manera uniforme. Mientras algunos sectores adoptaban nuevas ideas sobre el matrimonio y la intimidad, otros continuaban organizando sus relaciones de acuerdo con tradiciones familiares y restricciones económicas.

Por eso, la historia de las emociones no describe una evolución lineal desde la represión de los sentimientos hasta una libertad emocional absoluta. En cada época coexistieron diferentes formas de entender y expresar los afectos.

Cómo el cine y las series reinterpretan las emociones del pasado

Las películas y las series históricas suelen enfrentarse a un desafío: representar sociedades con valores diferentes a los actuales y, al mismo tiempo, lograr que sus personajes resulten comprensibles para el público contemporáneo.

Para conseguirlo, muchas producciones conservan elementos históricos, pero adaptan la manera en que los protagonistas expresan sus emociones. Los sentimientos pueden ser reconocibles, aunque las normas que los rodean correspondan a una sensibilidad moderna.

La película Gladiator, por ejemplo, presenta a Máximo Décimo Meridio como un hombre profundamente marcado por la muerte de su esposa y su hijo. Su dolor y su ira impulsan una historia de venganza construida alrededor de la pérdida personal y de los vínculos familiares.

El duelo no era ajeno a la sociedad romana. Sin embargo, la película lo organiza a través de un modelo de héroe individual cuya experiencia íntima ocupa el centro de la narración. En la antigua Roma, los rituales funerarios también tenían una dimensión pública y social que involucraba a comunidades más amplias.

La historia de Mujercitas ofrece otra perspectiva. La novela de Louisa May Alcott, publicada en el siglo XIX, presenta relaciones familiares en las que el cariño entre hermanas, las aspiraciones personales, el deber y el matrimonio se encuentran en constante negociación.

Las adaptaciones cinematográficas pueden acercar a sus protagonistas a las sensibilidades actuales, pero el conflicto entre los deseos individuales y las obligaciones familiares ya estaba presente en la obra original.

En Titanic, la relación entre Rose y Jack contrapone dos modelos de pareja. Por un lado, el matrimonio de Rose con Cal responde a las expectativas sociales y económicas de su entorno; por otro, su relación con Jack representa la elección amorosa y la búsqueda de autonomía personal.

Aunque el conflicto entre el matrimonio como alianza social y el amor elegido era reconocible en 1912, la película también lo interpreta desde valores de finales del siglo XX, como la autorrealización y la ruptura individual con las expectativas familiares.

Por su parte, Los Bridgerton actualiza de manera explícita las normas de cortejo, reputación y matrimonio de la época de la Regencia. Sus personajes expresan sus sentimientos mediante diálogos y declaraciones que resultan cercanos al público actual.

La comparación con las novelas de Jane Austen permite observar esa diferencia. En sus obras, los sentimientos suelen manifestarse de manera más indirecta, a través de conversaciones, gestos, silencios y decisiones condicionadas por la posición social.

Estas diferencias muestran que una producción histórica no tiene que elegir necesariamente entre rigor y entretenimiento. Puede conservar ciertas normas emocionales de una época y adaptar otras para generar cercanía con la audiencia.

Las emociones también son un espejo de nuestro presente

Comprender cómo han cambiado las emociones a lo largo del tiempo permite observar que la experiencia humana combina elementos biológicos con aprendizajes sociales y culturales.

El amor, el miedo, la alegría o el duelo no son invenciones recientes. Sin embargo, las palabras que utilizamos para nombrarlos, las expectativas que depositamos en ellos y las formas en que consideramos apropiado expresarlos dependen también de la sociedad en la que vivimos.

Los llamados marcos emocionales reúnen precisamente esos vocabularios, normas y expectativas que orientan la vida afectiva. No determinan de manera absoluta lo que siente cada individuo, pero influyen en cómo interpreta sus experiencias y en las reacciones que considera aceptables.

Por eso, al observar una pintura del antiguo Egipto, leer una tragedia de Shakespeare o ver una serie ambientada en el siglo XIX, conviene evitar la idea de que las personas del pasado sentían exactamente como nosotros o, en el extremo contrario, que sus emociones eran completamente distintas.

La historia de las emociones invita a reconocer tanto las continuidades como las transformaciones. Los sentimientos forman parte de la experiencia humana, pero sus significados no permanecen inmóviles.

En ese sentido, el cine y la televisión no solo reconstruyen cómo pudieron sentir las personas de otras épocas. También revelan cómo entendemos nosotros el amor, la familia, la pérdida y la libertad emocional, al convertir nuestros propios valores en una lente para mirar el pasado.

 

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