La historia de las tortugas gigantes de las Galápagos está marcada por una paradoja: aquello que durante millones de años les permitió sobrevivir en uno de los ambientes más extremos del planeta terminó convirtiéndose en una de las razones de su devastación. Su extraordinaria resistencia, su longevidad y su capacidad para pasar largos periodos sin agua ni alimento las transformaron en una especie especialmente valiosa para los navegantes que llegaron al archipiélago desde el siglo XVI.
Las tortugas gigantes habrían llegado a las Galápagos desde Sudamérica hace entre dos y tres millones de años. Durante ese enorme periodo evolucionaron de manera aislada y cada isla dio lugar a poblaciones con características propias. Su capacidad para sobrevivir hasta un año sin agua ni alimento, una adaptación extraordinaria a las condiciones del archipiélago, fue aprovechada por piratas y posteriormente por balleneros.
Los navegantes podían capturarlas con relativa facilidad, subirlas a sus barcos y mantenerlas vivas durante meses. Cuando necesitaban carne fresca, simplemente recurrían a los animales almacenados en las bodegas. Así, lo que para las tortugas era una estrategia de supervivencia se convirtió en una sentencia de muerte.
Jorge Carrión, director de Conservación de Galapagos Conservancy, explica que los animales podían permanecer durante largos periodos sin comer ni beber, por lo que los marineros sabían que constituían una reserva de alimento particularmente conveniente durante las largas travesías.
La situación empeoró con la llegada de los balleneros. Durante siglos, el aceite obtenido de los cachalotes fue un producto de enorme importancia para la economía mundial. Antes de la expansión del petróleo, se utilizaba como combustible para iluminación y como lubricante de alta calidad, entre otros usos.
La industria ballenera del Pacífico llevó a numerosas embarcaciones procedentes de la costa este de Estados Unidos y California hasta las cercanías de las Galápagos. Como todavía no existía el Canal de Panamá, los barcos debían rodear el Cabo de Hornos antes de ascender hacia el Pacífico. El viaje podía durar prácticamente un año y las tripulaciones llegaban agotadas y hambrientas.
James Gibbs, vicepresidente de Ciencia y Conservación de Galapagos Conservancy y profesor de la Universidad Estatal de Nueva York, explica que las paradas en las Galápagos se convirtieron en una parte importante de las expediciones. Los marineros capturaban cientos de tortugas para disponer de carne durante el resto de la travesía.
Pero los navegantes no solo se llevaron animales. También llevaron consigo especies que no pertenecían originalmente al archipiélago. Ratas, cerdos y otros mamíferos encontraron en las islas un nuevo hábitat y terminaron afectando gravemente a las tortugas. Algunos depredaban sus huevos y crías, mientras que otros competían con ellas por alimento y espacio.
En apenas dos siglos, entre 100,000 y 200,000 tortugas desaparecieron como consecuencia de la explotación humana. Para algunas poblaciones, el golpe fue irreversible.
Islas que perdieron a sus propias tortugas
Las llamadas tortugas gigantes de Galápagos no constituyen una única especie. Cada isla desarrolló sus propios linajes, adaptados a las condiciones particulares de su territorio. Esa diversidad evolutiva explica también por qué la desaparición de una población podía significar la pérdida de una historia genética que no existía en ningún otro lugar.
Una de las primeras víctimas fue la tortuga de Floreana, que desapareció alrededor de 1850. La isla era especialmente atractiva para los navegantes por la gran cantidad de tortugas que albergaba, su accesibilidad y sus condiciones climáticas.
Aquellos animales tenían una característica particularmente llamativa: un caparazón con una pronunciada forma de “montura”, una adaptación que no se encuentra en ninguna otra región del planeta.
La desaparición de la tortuga de Floreana parecía definitiva. Durante más de un siglo, los científicos asumieron que aquel linaje había quedado reducido a un recuerdo de la historia natural de las Galápagos.
Pero la historia todavía tenía un capítulo inesperado.
Las “tortugas alienígenas” que aparecieron en un volcán
En el año 2000, una expedición científica encabezada por James Gibbs llegó al volcán Wolf, en el norte de la isla Isabela, el punto más alto de las Galápagos. Allí los investigadores encontraron miles de tortugas pertenecientes a especies conocidas, pero entre ellas observaron algunos ejemplares con una apariencia desconcertante.
Tenían caparazones muy marcados y con forma de montura, características que no correspondían con las tortugas que se esperaba encontrar en aquella zona.
Los investigadores comenzaron a llamarlas “tortugas alienígenas” porque, en ese momento, no sabían exactamente qué eran.
La respuesta llegó mediante la genética. Se tomaron muestras de sangre y se enviaron a investigadores de la Universidad de Yale. Los análisis demostraron que aquellos animales tenían diferencias genéticas respecto de las especies conocidas del volcán Wolf.
Cuatro años después, nuevos estudios permitieron resolver el misterio: las supuestas “tortugas alienígenas” tenían linaje de Floreana, la misma población que había desaparecido de esa isla aproximadamente 150 años antes.
La pregunta era inevitable: ¿cómo había llegado a un volcán situado al otro extremo del archipiélago una tortuga que se consideraba extinta?
Los científicos manejan dos posibles explicaciones. Una posibilidad es que fenómenos naturales, como fuertes lluvias capaces de generar corrientes y cañadas, hubieran contribuido a trasladar algunos animales. Pero la hipótesis que consideran más probable vuelve a involucrar a los seres humanos.
Los piratas y balleneros transportaban decenas o cientos de tortugas en sus barcos. Un accidente pudo provocar que algunos animales terminaran cerca del volcán Wolf. Otra posibilidad es todavía más sorprendente: los barcos que cruzaban el Pacífico podían utilizar Isabela como uno de sus últimos puntos de control antes de internarse en el océano. Si llevaban demasiado peso, algunas tortugas pudieron ser arrojadas al mar o abandonadas en la isla.
Lo que alguna vez pudo haber sido una decisión de los marineros para aligerar sus embarcaciones habría permitido, sin que ellos lo supieran, que parte del linaje de Floreana sobreviviera.
De huevos diminutos a gigantes que regresan a la naturaleza
El rescate de esta historia genética no habría sido suficiente sin décadas de trabajo de conservación. El Centro de Crianza de Tortugas Terrestres Fausto Llerena trabaja desde 1965 en la protección y reproducción de estos animales.
El centro ha logrado reproducir y liberar tortugas de diferentes islas y se convirtió también en pieza fundamental para recuperar el linaje de Floreana. Después del hallazgo de las tortugas del volcán Wolf, 19 ejemplares fueron trasladados al centro para su cuidado y reproducción.
El proceso comienza incluso antes de que nazcan. Los huevos son identificados, marcados, pesados y colocados en incubadoras con diferentes temperaturas. En estas tortugas, la temperatura durante el desarrollo embrionario determina el sexo.
Los huevos incubados aproximadamente a 29.5 grados Celsius producen hembras, mientras que aquellos que se mantienen alrededor de 28 grados producen machos.
Después de unos cuatro meses, las crías rompen el cascarón. Durante su primer mes permanecen en cajas oscuras con humedad controlada y sobreviven alimentándose exclusivamente de las reservas de su saco vitelino, conocido coloquialmente como “yemita”.
Cuando transcurren aproximadamente 30 días, las pequeñas tortugas pasan a corrales donde comienzan a alimentarse de hojas picadas. Durante sus primeros dos años reciben, entre otros vegetales, hojas conocidas por los cuidadores como “orejas de elefante”.
Es una etapa particularmente delicada. Las crías miden apenas entre ocho y nueve centímetros y todavía son vulnerables a numerosos depredadores. Por ello necesitan cuidados intensivos antes de alcanzar el tamaño suficiente para enfrentar las condiciones de la naturaleza.
La NASA también ayuda a encontrarles un nuevo hogar
El esfuerzo de recuperación dio un paso extraordinario en febrero de 2026, cuando 158 crías pertenecientes al linaje de las llamadas “tortugas alienígenas” fueron liberadas en la isla de Floreana.
No se trató simplemente de abrir los corrales y dejar que los animales comenzaran a caminar. Las tortugas fueron equipadas con dispositivos de rastreo satelital para que los científicos puedan seguir sus movimientos y estudiar tanto su adaptación al nuevo entorno como los efectos que tendrán sobre el ecosistema.
Con recursos de la NASA, los investigadores identificaron las zonas que ofrecían mejores condiciones para liberar a los animales, incluyendo lugares en los que potencialmente podrán reproducirse en el futuro.
El resultado de los programas de reproducción también ha superado las expectativas. Las tortugas descendientes de los ejemplares encontrados en Wolf han producido alrededor de 800 crías y se espera que continúen generando unas 60 nuevas crías cada año.
Las tortugas liberadas no son necesariamente ejemplares genéticamente puros de Floreana. Cristian Sevilla, director de Ecosistemas del Parque Nacional Galápagos, explica que se trata de animales híbridos, con una combinación genética procedente del linaje de Floreana y de especies nativas del área del volcán Wolf.
Sin embargo, los investigadores creen que todavía podrían existir ejemplares puros de Floreana en las enormes extensiones del volcán. El hallazgo de individuos jóvenes con una composición genética de 50 % Floreana y 50 % de una especie local demuestra que, necesariamente, alguno de sus progenitores debió pertenecer al linaje puro.
Eso mantiene abierta una posibilidad extraordinaria: que algunas de las tortugas originales transportadas por los balleneros hace más de un siglo sigan caminando por las laderas del volcán.
Mucho más que animales gigantes
La recuperación de las tortugas no es importante únicamente porque se trate de una especie emblemática. Estos animales cumplen una función fundamental en el ecosistema de las Galápagos.
Jorge Carrión las define como “ingenieras de los ecosistemas” porque modifican físicamente el ambiente y contribuyen a mantener la diversidad vegetal. Una de sus funciones más importantes es la dispersión de semillas.
Una tortuga gigante puede consumir hasta 225 kilogramos de vegetación al año. Su sistema digestivo tarda aproximadamente un mes en procesar lo que come, de modo que las semillas pueden ser expulsadas mucho tiempo después de haber sido ingeridas y a kilómetros del sitio donde la planta original crecía.
En algunos casos, además, las semillas necesitan pasar por el tracto digestivo de una tortuga para tener mejores posibilidades de germinar.
Su enorme tamaño también modifica el paisaje. Con ejemplares que pueden alcanzar hasta 400 kilogramos, las tortugas se desplazan entre la vegetación, la aplastan y abren espacios que posteriormente pueden ser utilizados por otras especies.
De esta manera, una tortuga que come una planta no solo obtiene alimento: también participa en la distribución de semillas, transforma la vegetación y crea nuevos espacios para otros organismos.
Por eso, recuperar las poblaciones de tortugas significa también restaurar parte del funcionamiento natural de las islas.
El otro frente de batalla: las especies invasoras
La conservación de las tortugas requiere algo más que reproducirlas en cautiverio. También es necesario garantizar que, cuando regresen a la naturaleza, encuentren un ecosistema capaz de sostenerlas.
Una de las estrategias fundamentales ha sido eliminar especies invasoras introducidas por los seres humanos. Los programas de conservación ya han logrado erradicar animales como cabras, cerdos y burros en distintas áreas, mientras continúan los esfuerzos para controlar a roedores y gatos, que representan una amenaza particularmente seria para huevos y crías.
El desafío es enorme porque las Galápagos constituyen uno de los lugares con mayor nivel de endemismo del planeta. Cerca del 80 % de sus aves terrestres, el 97 % de sus reptiles y mamíferos terrestres, más del 30 % de sus plantas y más del 20 % de sus especies marinas son endémicos.
Eso significa que una especie perdida en las Galápagos no puede ser reemplazada simplemente trasladando ejemplares desde otro lugar. Su historia evolutiva es exclusiva de ese archipiélago.
Su aislamiento geográfico, a casi 1,000 kilómetros de la costa de Ecuador, permitió durante millones de años que sus especies evolucionaran de manera independiente de las continentales. Pero esa misma condición hace que cualquier alteración introducida por los seres humanos pueda tener consecuencias profundas.
Una recuperación que requiere paciencia
El regreso de las tortugas de Floreana es uno de los ejemplos más llamativos de lo que puede conseguir la conservación cuando se mantiene durante décadas.
Desde hace unos 60 años, los programas de reproducción y reintroducción han permitido criar y liberar en la naturaleza más de 9,000 tortugas gigantes. El trabajo combina ciencia, vigilancia, tecnología, participación de las comunidades locales y un esfuerzo cotidiano que comienza con el cuidado de un huevo y puede terminar con la liberación de un animal que vivirá durante décadas.
Para quienes trabajan en los centros de crianza, el proceso tiene además una dimensión profundamente personal. Walter Chimborazo, asistente de campo de Galapagos Conservancy, vio nacer a algunas de las tortugas que ahora caminan libremente por Floreana. Las recuerda cuando eran tan pequeñas que cabían en la palma de una mano.
Después de años de cuidarlas, verlas partir produce una mezcla de orgullo y tristeza. Pero justamente ese es el objetivo de la conservación: que llegue el día en que los animales ya no necesiten a sus cuidadores.
Las tortugas gigantes tienen una característica que resulta casi simbólica para esta historia. Crecen lentamente, pero pueden ser extraordinariamente constantes y resistentes. Para James Gibbs, su recuperación recuerda a la vieja fábula de la liebre y la tortuga: puede avanzar despacio, pero al final es capaz de ganar la carrera.
La historia de las tortugas de Floreana demuestra que incluso cuando una especie parece haber desaparecido, la naturaleza puede guardar sorpresas durante generaciones. Algunas pudieron sobrevivir escondidas en un volcán, descendientes de animales que fueron transportados por humanos en circunstancias que nunca conoceremos por completo.
Ahora, sus descendientes vuelven a caminar por la isla de la que desaparecieron hace más de un siglo. Y mientras lo hacen, no solo recuperan una especie: también comienzan a reconstruir una parte del ecosistema que durante generaciones había perdido a uno de sus principales arquitectos.


