En la Sierra Nororiental de Puebla, el inicio de las lluvias también puede escucharse. Cuando cae la noche y aumenta la humedad, ranas y sapos dejan oír sus llamados entre cafetales, piedras, cuerpos de agua y fragmentos de bosque. Para habitantes totonacos de Tuxtla, en el municipio de Zapotitlán de Méndez, esos sonidos forman parte de una memoria transmitida entre generaciones.

El documental Chichakg: acompañantes nocturnos del pueblo totonaco, dirigido por Juan Manuel Díaz García, recupera esa relación entre anfibios, territorio y cultura. La producción dura 15 minutos y fue incluida en la programación del Festival TierraFilme 2026 de Cultura UNAM. Su sinopsis presenta a ranas, sapos y salamandras como animales nocturnos que forman parte del idioma y la vida comunitaria de la región.

El filme fue grabado en Tuxtla, narrado en lengua totonakú y subtitulado al español. De acuerdo con información difundida durante su presentación, el proyecto reunió 74 entrevistas con habitantes de distintas generaciones y cinco salidas de campo. El guion contó con la colaboración de la poeta totonakú Cruz Alejandra Lucas y surgió de una investigación desarrollada por Alan Díaz Félix.

La historia no debe reducirse a una frase atractiva sobre animales capaces de anticipar tormentas. Existen al menos tres planos que conviene mantener separados: los relatos comunitarios, la tradición oral que conserva esos relatos y la explicación biológica sobre el comportamiento de los anfibios.

El canto que acompaña la lluvia

Una guía divulgativa publicada por la Universidad Autónoma de Tlaxcala documenta diez especies de anfibios en Tuxtla: seis ranas, dos sapos y dos salamandras. El trabajo integra observación biológica y conocimiento local recabado con habitantes de la comunidad.

Entre las especies registradas aparece la rana chirriadora orejona, Eleutherodactylus verrucipes. Su nombre local es Tsurumpitpit, una palabra vinculada con su vocalización. La guía señala que personas de distintas edades relacionan su canto con la llegada de las lluvias y expresan esa asociación con una frase: “canta para atraer a la lluvia”. La especie puede encontrarse durante todo el año, pero aparece con mayor frecuencia bajo piedras y entre la hojarasca de los cafetales durante la temporada lluviosa.

La rana de orejas chicas, Rheohyla miotympanum, también tiene una relación cultural con el agua. Su nombre totonaco es Swakgakgat. El documento registra que su canto tiene una connotación positiva porque se considera que atrae la lluvia.

El término Chichakg no debe utilizarse como si fuera el nombre científico de una sola especie. La guía lo registra como un vocablo genérico empleado de manera indistinta para referirse a ranas y sapos. Esa diferencia es importante: la clasificación comunitaria y la taxonomía biológica pueden dialogar, pero no son equivalentes.

Lo que explica la biología

Las ranas y los sapos se comunican mediante vocalizaciones. La Fonoteca de Anfibios de la Facultad de Ciencias de la UNAM explica que los llamados pueden cumplir distintas funciones: atraer pareja, marcar territorio, responder a situaciones de alarma o rechazar un intento de apareamiento. Los cantos más comunes están relacionados con la reproducción.

En lugares con temporadas de lluvia marcadas, cientos de individuos de distintas especies pueden reunirse en pozas temporales para aparearse. La UNAM describe esos coros nocturnos como concentraciones de sonidos y señales químicas ligadas al ciclo reproductivo.

Por eso, afirmar que una rana “anuncia” la lluvia puede tener sentido dentro de la observación cotidiana, siempre que no se presente como una predicción infalible. El canto no causa la tormenta ni reemplaza un pronóstico meteorológico. La interpretación más rigurosa es otra: la presencia y la intensidad de ciertos sonidos pueden coincidir con cambios de humedad, temperatura y disponibilidad de agua que también influyen en la actividad reproductiva de los anfibios.

Un territorio que también cambia

Tuxtla se encuentra en una ladera de montaña entre 600 y mil 200 metros sobre el nivel del mar. La región tiene clima semicálido húmedo con lluvias durante todo el año. Su vegetación original incluye bosque mesófilo de montaña y bosque tropical perennifolio, aunque parte del territorio ha sido transformado por asentamientos y cultivos de café, milpa, tomate, chile, jícama y cacahuate.

En ese contexto, los relatos sobre ranas, sapos y salamandras también pueden leerse como un archivo ecológico comunitario. No sustituyen el monitoreo científico, pero conservan información sobre temporadas, lugares de aparición, sonidos, usos, temores y transformaciones del paisaje. Esa lectura es una interpretación periodística sustentada en la coexistencia de registros biológicos y testimonios comunitarios documentados por la guía y el documental.

El caso del tlaconete muestra la complejidad de esos cruces. La guía registra que la salamandra Bolitoglossa platydactyla recibe los nombres Tsurumpitpit y Tatuxtama. En la comunidad persiste la creencia de que emite un canto para atraer la lluvia, aunque el propio documento aclara que Tsurumpitpit también es una onomatopeya asociada con la vocalización de Eleutherodactylus verrucipes. Más que corregir el relato desde fuera, el reportaje puede mostrar cómo se mezclan observación, memoria y clasificación local.

Las noches de lluvia en la Sierra Nororiental no guardan una sola explicación. Para la biología, los cantos ayudan a estudiar reproducción, presencia de especies y cambios en los ecosistemas. Para la comunidad, también forman parte del lenguaje, la memoria familiar y la relación con el territorio. El valor periodístico está en escuchar ambos planos sin confundirlos.

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